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Los partidos políticos: partidos por la demagogia, el engaño y el caciquismo

«La política es una manera exigente (sabiendo que no es la única) de vivir el compromiso cristiano al servicio de los otros.» (Paulo VI)

«La política partidista es el campo propio de los laicos. Corresponde a su condición laical el constituir y organizar partidos políticos, con ideología y estrategia adecuada para alcanzar sus legítimos fines». (Puebla 41)

La democracia es un proceso permanente que tiene como sustento a los partidos políticos -organizaciones de la sociedad civil, integradas por ciudadanos con una misma ideología que tienen como finalidad llegar al Poder-, para desde esa responsabilidad, ejecutar los planes de gobierno que elaborados desde sus principios y doctrina, buscan el desarrollo y la solución de los problemas nacionales.

Según la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla 1979), los partidos políticos deben ser «estructuras político-jurídicas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y activamente en la fijación de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la determinación de los campos de acción y de los límites de las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes» (39).

En Ecuador, la mayoría de los partidos políticos, sino todos, han ido claudicando a sus principios, desprestigiándose permanentemente y convirtiéndose en simples tiendas electoreras, manejadas por ‘propietarios’ que deciden sin consulta ni participación efectiva de la militancia. Es más, las actuales leyes contribuyen para esa degeneración, al prácticamente eliminar la diferencia entre partidos y movimientos -grupos iniciales, en proceso de crecimiento para llegar, gracias a la participación ciudadana y a la formación, a ser verdaderos partidos, con dirigencia, candidatos preparados y militancia comprometida-. El movimiento tiene adherentes ocasionales, carentes del compromiso propio de la militancia partidaria. Hoy parece ser lo mismo, partido y movimiento.

La degradación de los partidos está tocando fondo en el actual proceso electoral, cuando agrupaciones con reconocimiento legal dudoso, con base a acuerdos políticos oscuros y a firmas falsas y repetidas, prestan, alquilan o venden, su nombre y número a aventureros de la politiquería. Más aún, en las listas presentan a candidatos sin preparación pero que, por su fama, aportan con votos que se traduce en curules y en oportunidad de aprovechamientos no éticos. Designación de candidaturas, con la complicidad de las autoridades, ilegales y nada democráticas. Ganar las elecciones como sea, parece ser la consigna de muchos partidos políticos.

El desprestigio de la política y de los partidos ha generado apreciaciones como que «la política es para los sinvergüenzas, los delincuentes, los corruptos, y como yo soy honesto, entonces no actúo en política». Actuar así, es una irresponsabilidad ciudadana porque dejamos el campo libre a la corrupción, es hacernos cómplices por omisión porque conocemos la realidad y no actuamos. Y tratándose, sobre todo de los jóvenes, es poner en riesgo al país entero y su futuro.

La participación política si es consciente, responsable, digna, honrada… tiene una dimensión ética superior y de intachable patriotismo, porque busca el desarrollo, la paz y la satisfacción de las necesidades de todos, y con preferencia por los más débiles y empobrecidos.

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Carta semanal de la Comisión Ecuatoriana Justicia y Paz: Con los ojos fijos en El