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La fe que me mueve

Yusandra Y. Yuca Naola*.- «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, meto mi dedo en el lugar de los clavos, y meto mi mano en su costado, no creeré». Tomás nos muestra claramente un sentimiento que compartimos los peruanos, en este momento de nuestra historia. Es poco creíble, para todos, que pueda existir tanta incoherencia en un proceso democrático, que nos interpela a expresarnos.

Pensar en todas esas heridas, llagas, tantos rostros de Cristo crucificado que están presentes en el día a día, toda la violencia que vive nuestro país, las deficiencias en nuestros procesos para defender los derechos.

Gente que sufre de los recuerdos de una época de violencia y personas desaparecidas, familias que todavía buscan entre sus recuerdos las voces de sus seres queridos, vidas que jamás olvidarán. Niños que caminan alrededor de dos horas desde su casa a la escuela y viceversa todos los día para acceder a un derecho que los hará libres. Mujeres que tienen miedo de reclamar por sus derechos y defenderse porque lo único que encuentran es más violencia, donde se supone deberían de protegerlas. Gente con miedo, incluso, de salir a caminar por sus calles, mientras alguien busca algo para sobrevivir o disipar sus vicios.

Muerte y desolación por todos lados, mientras un grupo de personas que busca poder se disputa un país haciendo un show de nuestras necesidades. Siempre con la duda de sus reales intereses, y la esperanza que en el fondo quieren trabajar con nosotros y para nosotros.

Un proceso con actitudes, gestos, palabras que son clavos que siguen lastimando y abriendo las heridas de nuestro pueblo, que siguen lastimando a quien menos comprende lo que sucede a diario; solo porque está en disputa lo que debería ser servicio, el poder del que mejor engaña.

Yo creo en mi país, creo en la sonrisa de esos niños que caminan para ir a estudiar, buscando sus sueños y cumplir sus proyectos, creo en la gente que busca con esperanza en la resurrección a sus seres queridos y cumplir con la despedida correspondiente, creo en que hay gente que acompaña empáticamente a todas las mujeres violentadas y no violentadas en la búsqueda de su dignidad, creo en los jóvenes que cada día luchan para salir adelante dignamente y con esfuerzo, confiados en sus habilidades.

Ese es mi país; ese al que, como Tomás, alguna vez pedí tocar y sentir sus llagas, meter la mano en la herida; el que nos toca ahora a todos, para sentirnos afectados, conmovidos, y nos llama a ir más allá de nuestra zona de confort. La fe va más allá de pronunciar el nombre de Dios, la fe nos lleva a las personas, a sentir con ellos, a vivir con ellos, a dudar con ellos, a amar con ellos, y sobre todo a hacer con ellos, movernos de tal manera que podamos sentir a ese Cristo resucitado dentro y fuera de nosotros y no quedarnos ahogados solo en las llagas y heridas.

Ese es mi país, donde es inevitable dudar en todo lo que propone la gente que quiere gobernarnos y dudar de sus intereses, pero siempre con la esperanza de buena voluntad y el sueño de un país para todos y todas con igualdad de oportunidades.

Creo en un país mejor donde las personas podemos expresarnos libremente, amar libremente, soñar con un mundo mejor, hacer un mundo mejor; que la gente de al lado y la que no está tan cerca pueda vivir con la dignidad que todo ser humano merece, cumplir sus sueños sin miedo. Creo en ese Cristo que sufre cada día, pero también creo en ese Cristo que resucita todos los días.

* Bachiller en Psicología, Asesora Regional del voluntariado MAGIS Cusco

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Compartido por Diario La República, Perú.