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02 octubre 2021

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Evangelio Dominical: Divorcio

Evangelio Dominical: Divorcio

Comentario dialogado sobre el el Evangelio que se proclama el vigesimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B, correspondiente al domingo 3 octubre 2021.  La lectura es tomada del Evangelio según San Marcos 10, 2-16.

 

“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”

 

¿Cuál era la situación del matrimonio en Israel en tiempo de Jesús?

 

Las leyes y costumbres israelitas eran marcadamente machistas. A partir de los 12 años, la niña ya se podía casar, pero el padre determinaba en muchas ocasiones con quién; y el matrimonio venía a ser el traspaso de la mujer del poder del padre al del esposo.

 

La mujer estaba obligada a las labores domésticas y a obedecer al esposo con una sumisión entendida como deber religioso. Era prácticamente su sirvienta.

 

Había dos corrientes en la interpretación de la antigua ley (Deuteronomio 24, 1):

 

  • La escuela del rabino Hillel, laxista en grado sumo, admitía el divorcio por cualquier motivo: porque se le quemó la comida o quedó ahumada, o porque pasa demasiado tiempo en la calle hablando con las vecinas, o porque tiene un defecto físico o un carácter incompatible. Ésta era la escuela que predominaba.

 

  • La escuela del rabino Shammai sólo admitía como causa el adulterio.

 

Hay una historia muy bonita, que confirma lo que venimos diciendo.

 

<Joaquín y Rebeca llevaban 10 años de casados y no tenían descendientes. Joaquín decidió divorciarse y fue a ver al rabino para hacer los trámites del divorcio. El rabino le dijo:

 

  • Joaquín, recuerda que celebramos una gran fiesta el día de tu boda; es justo que también celebremos otra gran fiesta para tu divorcio.

 

Durante la fiesta, y siguiendo los consejos del rabino, Rebeca ofreció a su esposo el mejor vino. Y éste mientras bebía le dijo:

 

  • Amor mío, puedes elegir lo que más te guste de la casa y llevártelo a la casa de tu padre.

 

Y se quedó dormido. Rebeca lo acostó en la cama y con la ayuda de los invitados lo llevaron en su cama a la casa del padre de Rebeca.

 

Cuando se despertó al día siguiente, preguntó:

 

– ¿Qué estoy haciendo aquí?

 

Y Rebeca le contestó:

 

– Sólo he cumplido tus órdenes. Traje a la casa de mi padre lo que más me gusta y eso eres tú.

 

Joaquín la abrazó y se olvidó del divorcio. Semanas más tarde Rebeca quedó embarazada.> (Félix Jiménez, escolapio)

 

¿Cuál es el panorama hoy en América Latina?

 

El problema de América Latina y el Caribe es que muchas parejas ni siquiera se casan, y por eso, sobre todo el hombre, abandona a su mujer y a sus hijos, y se va con otra. O, si se casan, lo hacen mientras dure. El resultado es parecido: quien sufre el machismo es la mujer y los niños. El matrimonio «hasta que la muerte nos separe» es un ideal hermoso, pero es también una realidad rota, casi inalcanzable en este mundo nuestro en el que todo es desechable.

 

¿Qué solución presenta Jesús?

 

En este contexto, las palabras de Jesús son tremendamente liberadoras para la mujer. La prohibición del divorcio es, eminentemente, una defensa de la mujer y una recuperación del designio de Dios establecido desde el principio (Génesis 1, 27; 2, 24; 5, 2).

 

El Génesis de la Biblia lo dice muy claramente: “Los dos son una misma carne. Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

 

El matrimonio es una gran vocación. Y la enseñanza de Jesús no es decir sí o no al divorcio, sino descubrir la aventura del amor en pareja.

 

El matrimonio se debe construir entre los dos. Los dos deben cooperar a construirlo día tras día dedicándose uno al otro. Deben superar el aburrimiento mutuo. El amor verdadero y duradero supone sacrificio, equidad, desprendimiento.

 

Para bailar merengue se necesitan dos: tú y yo. Para hacer un matrimonio duradero se necesitan tres: tú, yo y Dios. Dios y su perdón son el ingrediente que da sabor y hace posible la relación humana, a veces imposible.

 

“Familia que reza unida, permanece unida.” Muchas veces es así.

 

En el cincuenta aniversario de su boda le preguntaron a Henry Ford por el secreto de su feliz matrimonio. Y éste contestó: «El mismo que el de la industria del automóvil, limitarte a un modelo». Algunos jóvenes piensan que amarse es simplemente pasarlo bien.

 

En un evangelio sobre el matrimonio no podían faltar los niños, que son quienes muchas veces lo salvan. ¿Qué dice Jesús sobre ellos?

 

Algunos trataban de acercar a Jesús a unos niños y niñas para que los tocara y les comunicara algo de su fuerza y de su vida. Los discípulos tratan de impedirlo para no molestar a Jesús. Ellos quieren decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. El problema es que no dejan acercarse precisamente a los preferidos del Señor: a los más frágiles, pequeños y necesitados de aquella sociedad.

 

<Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.> (Pagola)

 

Jesús se indigna ante la actitud negativa de sus discípulos, y les da la orden:

 

-“Dejen que los niños se acerquen a mí”. Y les explica:

 

-“El reino de Dios es de los que son como ellos”.

 

En el reino de Dios los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros. Éstos no pueden estar en el centro de la comunidad cristiana. En ella se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados. <El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde éstos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.> (Pagola)

 

¿Por qué pone Jesús a los niños como nuestros modelos?

 

La razón principal es porque los niños reciben todo como un regalo.

 

Los niños vienen con las manos vacías, pero con el corazón lleno de confianza.

 

Son pequeños, confiados, entregados a alguien mayor (los papás), y sin ambición ni codicia. Para estar más cerca de Dios, los adultos hemos de hacernos como niños.

 

José Martínez de Toda, S.J. (martodaj@gmail.com)