30 domingo TO-AComentario dialogado sobre el Evangelio que se proclama el 30° Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, correspondiente al domingo 29 octubre 2017.  La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 22, 34-40

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

¿Qué es lo que más le gusta a Jesús?

            <Una señora mayor regañaba a todos en su casa y en la calle. Era una ‘cascarrabias’.

            Como ella se consideraba santa, iba con frecuencia a la iglesia a hacer visitas al Santísimo.

            Un día peleó especialmente con todos los que encontró. Y se fue a la iglesia a visitar al Santísimo. Pero ese día en la puerta había un letrero: “Estoy afuera”.

            El letrero lo había puesto Jesús, pues él está especialmente entre los hermanos:

-“Cualquier cosa que Vds hagan con cualquiera de estos pequeñuelos, conmigo lo hacen”. (Parábola del Juicio Final).>

Estamos tocando algo importante en la vida.

¿Qué es lo más importante en la vida?

Los judíos tenían 613 mandamientos: 365 prohibiciones (una por cada día del año) y 248 preceptos o normas. Demasiado precepto. Discutían mucho entre ellos sobre qué preceptos eran más importantes. ‘Los árboles no dejaban ver el bosque’. ‘El que mucho abarca, poco aprieta’.

Había tres mandamientos que predominaban en sus discusiones: guardar el sábado, hacer las purificaciones rituales y aportar económicamente el diezmo al Templo o a las sinagogas.

Pero olvidaban lo esencial. Y así, fácilmente caían en una mediocridad piadosa o en una casuística moral. Un fariseo quiere mezclar a Jesús en su pelea. Y le pregunta con malicia públicamente: “¿Cuál es el primer Mandamiento, el más importante?”

 ¿Y qué respondió Jesús?

"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser."
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo."

Así que el mandamiento principal es amar a Dios amando al prójimo. Para Jesús estos dos mandamientos son muy “parecidos entre sí”. No son dos, sino uno mismo.

Son como la cara y cruz de una moneda. “Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn. 4, 20).

            Es como si escribiéramos en las dos caras de una hoja cada uno de los dos Mandamientos: uno en la parte de delante y otro en la de atrás. No se pueden separar.

Así pues, no se trata de rezos ni devociones. “Amar a Dios con todo el corazón” es amar a Dios como fuerza creadora y salvadora, que es buena y nos quiere bien. Es reconocer humildemente el Misterio último de la vida, es alabar la existencia desde su raíz, tomar parte en la vida con gratitud, optar siempre por lo bueno y lo bello, vivir con corazón de carne y no de piedra, y resistirnos a todo lo que va contra la vida y la dignidad de sus hijos e hijas.

Por eso el amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos que sufren. El hambre de los desnutridos y el exceso de los satisfechos plantean preguntas e inquietudes. La religión de Jesús es «pasión por Dios y compasión por la humanidad». 

¿Tiene algo de nuevo esta respuesta de Jesús?

En realidad en el Antiguo Testamento ya hay preceptos sobre el amor al prójimo (Deuteronomio 6, 5, y Levítico 19, 18). Pero parece que los rabinos no les daban importancia.

            En el Antiguo Testamento generalmente Dios es ante todo el Señor, el Amo, el Todopoderoso, el Altísimo, el Señor de los Ejércitos, el juez castigador... En el Nuevo Testamento, en cambio, Dios es amor. Precisamente la primera encíclica del Papa actual tiene como título “Dios es amor”. Es lo más importante en el cristianismo.

¿Por qué nos ama Dios? ¿Qué ve en nosotros?

            Dios nos ama, no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno. Nos ama porque Él es amor, Él es Padre y Madre. Dios es un enamorado de la humanidad.

Nos ama porque somos sus hijos. Somos su imagen. Tenemos algo de su vida divina: mucha o poca. O, al menos, estamos destinados a tenerla.

            Dios me quiere, sin más, como las madres quieren a sus hijos, no porque sean inteligentes o bellos. Les quieren aun antes de nacer.

            Y nos amamos porque somos hermanos, somos hijos de Dios. Jesús nos lo pide.

Nos amamos para imitar a Jesús, que nos amó.

¿Hay niveles en el amor a Dios y a los demás?

He aquí una posible clasificación de peor a mejor:

1er nivel – Al menos debemos ser justos. La fe en Jesús me lleva a ser justo con los demás, a respetar sus derechos.

2do nivel - Amar a los demás. Éste es un paso superior, pues uno puede ser justo, pero puede tener dentro de sí mucho odio contra la otra parte, como en la lucha marxista de clases.

3º nivel – “Amarás a tu prójimo como a tí mismo”. Esta es la verdadera igualdad entre todos, que no supone “primero yo y los míos”.

4º nivel - Opción preferencial por los pobres. Éste es un nivel más alto.

Los papás quieren a todos sus hijos, pero si uno tiene una discapacidad, si es más débil o la vida le ha golpeado con más fuerza, ¿no tienen como una ‘opción preferencial’ por él? A Dios le ocurre lo mismo. Y nosotros queremos ser como Él.

Precisamente la 1ª. Lectura de este Domingo nos habla de los inmigrantes, de las viudas, de los huérfanos, que representan a todos los pobres y desasistidos. Es un texto de Isaías del s. VIII a. C.

La legislación de Israel fue superior a la de otros pueblos (Atenas, Egipto, Aztecas, Incas…) en este tema: estaba prohibido prestar con intereses, todas las deudas se acababan cada 50 años al llegar el Jubileo, el sábado no se trabajaba… A pesar de ello, en comparación con lo que Jesús dirá, este texto se muestra aún como ‘la prehistoria’ del Evangelio.

5º nivel – “Amen a los enemigos”. Jesús fue maestro en esto. En la cruz dijo: ”Perdónales, que no saben lo que hacen”. Jesús es nuestro modelo.

6º nivel - “Ámense como yo os he amado”. Jesús da la vida por nosotros.

¿Qué es ser un buen cristiano?

Ser cristiano no es simplemente ir a Misa, bautizarse, comulgar y casarse por la Iglesia.

Se requiere también tener buenas relaciones con el prójimo. El pretender amar a Dios debe comprobarse y validarse en el amor efectivo a los demás.

En esto conocerán que son mis discípulos: en que se amen los unos a los otros” (Jn 13, 35).

Buen cristiano es el que se preocupa de los pobres y hace que los pobres vivan.

La gloria de Dios es que el hombre viva. O como decía Monseñor Oscar Romero, ‘La gloria de Dios es que el pobre viva’.

El núcleo de la fe no son los dogmas, ni la moral ni los mandamientos: es el amor vivido intensamente. Así aparece en el uso repetido de la palabra ‘toda’ en el Evangelio de hoy, colocada tres veces: ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’, es decir, con toda tu persona, sin resquicios.

....

José Martínez de Toda, S.J. (martodaj@gmail.com)

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