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San RomeroJosé María Rojo García*.- Han pasado 38 largos años desde aquel 24 de marzo de 1980 en que el mundo escuchó atónito la noticia: “Han asesinado al arzobispo de S. Salvador, Oscar Arnulfo Romero en plena celebración de la Eucaristía”.

Sí, el mundo, porque para entonces Romero era ya una figura mundial: la situación en El Salvador era insostenible y “los dueños del país” (14 familias y el ejército a su disposición) no podían soportar que todo Centroamérica prácticamente se paralizara, cada domingo, ante los aparatos de radio, para escuchar la voz profética del arzobispo de S. Salvador en su homilía. La gota que colmó el vaso fue su contundente reflexión y petición en la homilía del día anterior a su muerte:

“Yo quisiera hacer un llamamiento muy especial a los hombres del Ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado (…) En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.

Fue su propia sentencia de muerte. Y los poderosos de El Salvador no aguantaron más. Como a Jesús de Nazaret, se lo cargaron. Y buscaron el lugar más fácil, sin importarles que estuviera celebrando la misa…
Dio la vida por su pueblo aunque con la certeza de la Resurrección, como había dicho: “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Muchos, incluso dentro de la iglesia no lo creyeron e hicieron lo posible para que no fuera cierto. Hoy, ante la canonización por el papa Francisco nadie lo va a dudar. Quien fuera bautizado por el obispo hispano-brasileño D. Pedro Casaldáliga como “S. Romero de América”, desde hoy pasará a ser “S. Romero del Mundo”.

En palabras del cardenal Gregorio Rosa Chávez, su admirador y fiel defensor, “como la planta con la que comparte nombre, el pronto Santo Romero desprende un aroma agradable -el ‘aroma de Cristo’- y cura heridas, en su caso tales como ‘la maldad, el pecado y la corrupción’...vemos en él una especie de parábola de lo que queremos como país, y creo que con él delante lo vamos a conseguir... El Papa lo ve un icono del tipo de pastor que quiere para la Iglesia, la Iglesia por y para los pobres".

Un buen símbolo: A la hora de la canonización sonarán las campanas de todas las iglesias en El Salvador.
¡San Romero de América, San Romero del Mundo, ruega por nosotros!

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* José M. Rojo García, sacerdote, colaborador de radioevangelización

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