29 domingo del tiempo ordinario-CComentario dialogado al Evangelio que se proclama el vigésimo noveno Domingo del Tiempo Ordinario, del año C., correspondiente al domingo 20 octubre 2019.  La lectura es tomada del Evangelio de San Lucas  18, 1-8.  El padre José Martínez de Toda S.J (Venezuela) centra su comentario en el parábola del Juez.

"Le haré justicia"

 ¿Son importantes el optimismo y la constancia?

Te cuento esta historia:

<Dos ranas cayeron en un cubo lleno de crema. Una se puso pesimista y le dio un triste 'Adiós' a su amiga, y se quedó quieta esperando la muerte. Pero su amiga se dijo:

"Yo voy a luchar hasta el final. Nadaré alrededor hasta que no pueda más; y entonces moriré contenta".

Pero, al nadar, sus patas batían la crema, que poco a poco se iba convirtiendo en mantequilla sólida. Y de pronto rápidamente ella pudo saltar fuera del cubo. Estaba salvada>.

Había triunfado el optimismo y la constancia.

Jesús quiere explicar a sus discípulos cómo orar sin desanimarse. ¿Cómo hace?

Jesús cuenta a sus discípulos la parábola del juez malvado, que no cree ni en Dios ni en el diablo, pero que termina escuchando a la viuda para que lo deje en paz.

En la antigua sociedad judía la mujer dependía de su marido para su sustento, su mantenimiento y status social. Perder al marido equivalía a quedarse pobre y sin ningún apoyo, especialmente cuando la viuda no tiene un hijo mayor.

Las viudas de la antigüedad simbolizan vulnerabilidad. Una viuda no podía heredar los bienes de su marido y dependía de la compasión de la comunidad.

¿Por qué el juez decide atender por fin a la viuda?

A este juez no le importa nadie, pero sí le importa su propia comodidad. Por lo tanto, decide hacer justicia a la viuda, no porque sea la cosa correcta de hacer, sino porque quiere librarse de ella. Está cansado de su presencia y de la molestia que le causa, y quiere deshacerse de ella.

El juez y la viuda representan los lados opuestos del espectro social: el juez es el epítome del poder – no atado por decisiones de jurado ni por cortes de apelación – y la viuda es el epítome de la impotencia.

¿Cómo es posible que Dios se compare a sí mismo con este juez injusto? ¿Qué lección quiere sacar Jesús de esta parábola?

En realidad Jesús no lo pone como modelo. Más bien asegura que si este juez hizo caso a la viuda, porque lo importunaba continuamente, ¿con cuánta mayor razón el Dios que nos ama como un Padre atenderá nuestras súplicas incesantes?

Más bien esta parábola pone en contraste a este juez malicioso con nuestro Dios amoroso. Dios no es un juez malo. Dios es infinitamente bueno y hará justicia a sus elegidos si acuden a él día y noche.

¿Y la viuda?

Aquí la parábola tiene un aspecto muy positivo: es la conducta de la viuda, que era constante en su reclamación al juez. Ella sí es nuestro modelo. Ella es proactiva. Así debe ser nuestra oración incesante. La grandeza de esta viuda consiste en no aceptar su situación con la excusa de 'Así son las cosas'. No hay que dejarse llevar por la ola. Hay que enfrentarla y entrarle por abajo.

Esta parábola nos da optimismo. En realidad, no hay situación sin esperanza.

Con este cuento Jesús quiere enseñar a sus discípulos que hay que orar siempre, sin desanimarse jamás, igual que la viuda.

Puede que la justicia de Dios nos parezca lenta, porque Dios mide el tiempo desde una perspectiva más completa. No obstante, podemos estar seguros de que Dios vindicará a los que ha escogido. En tiempos difíciles oímos decir, "lo único que podemos hacer es rezar".

Esta parábola enseña que la oración es, por sí misma, un remedio significativo – algo que involucra el poder de Dios, haciendo todo posible.

La cuestión crítica no es la fidelidad de Dios sino la lealtad humana.

1ª Lectura: Moisés con las manos en alto ayuda a la victoria israelí en la batalla.

Pero, ¿para qué orar? No sirve de nada. La oración no detendrá a los malandros, ni eliminará las drogas, ni parará la muerte, ni me conseguirá el empleo, ni transformará las estructuras de injusticia.

Bueno. Con la oración no se ve a veces un resultado inmediato. No es como esa máquina tragamonedas: le echas una moneda y te sale un refresco. La oración no es una actividad matemáticamente productiva al momento.

Orar es sencillamente hablar con Dios Padre, especialmente cuando estoy en necesidad.

¿Qué hacía Jesús cuando quería orar?

Jesús, cuando quería orar, se levantaba pronto, iba a un lugar solitario, y allí conversaba con su Abba, con Papá Dios.

Por ejemplo, al final de su viaje a Jerusalén, fue al huerto de los Olivos y dijo a sus discípulos: "Siéntense aquí, mientras voy a orar". Y parece que su Padre no le escuchó, y fue crucificado, y en la cruz gritó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

La pasión de los que imploran a Dios día y noche nos recuerda la oración de Jesús justo antes de su muerte. "Y estando en agonía, oraba más intensamente: y fue su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra" (22:44). El Padre no respondió eliminando el vaso de su sufrimiento, sino resucitándolo.

Pero su Padre le hizo justicia en la resurrección. Así que no hay que tener miedo. La última palabra la tiene Dios, y esta palabra es vida para siempre.

Claro está que preferimos que la oración nos conceda lo que pedimos – y rápidamente. Así nos ocurre también en todo lo demás.

A veces no pedimos cosas buenas.

Pero Dios no promete respuestas inmediatas a nuestra oración a veces un tanto infantil. Y siempre nos concede la fortaleza que necesitamos para serle fieles, para trabajar incansablemente por su proyecto, para entregarnos cada día a nuestros hermanos.

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José Martínez de Toda, S.J. (martodaj@gmail.com)

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