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Por: el sacerdote Luis Zambrano, Juliaca, Puno, Perú

Lo más hermoso del Espíritu Santo es su perenne actualidad. El ha estado presente siempre, en la creación del universo y en su re-creación mediante la vida, la muerte y la resurrección de Cristo. Precisamente, ya resucitado, Jesús sopla sobre sus apóstoles y les dice: "Reciban el Espíritu Santo..."( Jn 20, 22) y les da el poder de perdonar. El Espíritu Santo está en todas las culturas del mundo, es su inspirador.

En ese mismo circuito de amor el Espíritu Santo se manifiesta en Pentecostés, permitiendo con su presencia el nacimiento de la Iglesia. Esta vez su presencia se da con signos llamativos: ruido, lenguas de fuego, don de lenguas ( He 2, 1- 4 ). Y se da en medio de una fiesta tan importante para los judíos, la cual reunía a miles de personas llegadas de todo el mundo. Esa irrupción desconcierta, atemoriza y, a la vez, alegra a los presentes. Es la presencia del Espíritu Santo no para un grupito, sino para todos los vivientes. El Espíritu Santo se debe al mundo.

Pero la acción constante del Espíritu Santo es más bien silenciosa, toca el corazón de las personas y toca el corazón de lacomunidad sin aspavientos. En la Iglesia él es el artífice de los múltiples dones o carismas que la enriquecen en cada lugar y en cada momento de la historia. San Pablo, teólogo y místico, se expresa así: "En cada uno el Espíritu revela su presencia con un don que también es un servicio" (1 Cor 12, 7). Y aquí aparece el sentido de los dones de Dios. No son para gloriarnos de ellos o para guardarlos celosamente bajo siete llaves, sino para darlos a los demás, para servir con ellos a la comunidad y a toda la humanidad.

Uno de los dones del Espíritu Santo es el de ser profetas (1 Cor 12, 10).Y en esto quisiera detenerme. La verdad que nuestras sociedades, las antiguas y las modernas, marcadas por la soberbia y la codicia, tienen necesidad de los profetas y las profetisas, de personas que en nombre de Dios denuncien lo malo y anuncien lo bueno; condenen lo injusto y se comprometan con la libertad; digan en todos los idiomas y a viva voz que la injusta pobreza no es voluntad de Dios.

Y aquí llegamos al punto clave de la obra del Espíritu Santo. El suscita profetas y profetisas en la Iglesia y en el mundo. El sabe que esa misión es riesgosa para ellos y ellas. Y que en ese compromiso se juegan la vida (Jer 20, 7-8; 26, 10- 16). Pero ese mismo Espíritu los llena de una fortaleza inconmovible (Jer 1, 17- 19).

Si sentimos, en estos tiempos tan difíciles para la Iglesia y para el mundo, el don de la profecía, lancémonos confiadamente a esta aventura de la fe porque el Espíritu Santo nos sostiene, susurra en nosotros palabras de vida eterna y nos regala la alegría que él solo sabe dar.

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