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Todos sabemos, por propia experiencia, que hay personas que nos caen bien de entrada y personas que, a la primera, caen mal a casi todo el mundo y “no las pasamos”. Entre los segundos, los soberbios se llevan la palma. No nos gustan los sobrados, los creídos, los pedantes, los que lo saben todo, los que siempre tienen la última respuesta, los que se creen la divina pomada o la última coca-cola en el desierto, ni los que tienen “vocación de florero” que se colocan en alto y en el centro para que todos los miren, esas personas no nos gustan.

Si me permiten, les diría que nos ocurre también al conocer la vida de los que ya murieron y, entre ellos, la de los santos: recordamos con cariño y alegría a los humildes, los sencillos, los que son fáciles de imitar y de los otros nos olvidamos más fácilmente.

¿Por qué será que Martín de Porres cae bien a casi todo el mundo? Una de las respuestas indudables es “por su humildad”. Muchos de ustedes, queridos radio-escuchas, conocen la vida de Martín de Porres mejor que yo: por mulato, hijo de una mujer negra panameña, era despreciado, marginado y tenido en menos; no era hijo legítimo: al principio -y en la partida de bautismo consta- no fue reconocido por su padre, Don Juan Porres, hidalgo burgalés, caballero de la Orden Militar de Alcántara. Por eso, por ser hijo ilegítimo, no podía aspirar a ser ordenado sacerdote (las leyes de la iglesia lo impedían); tuvo que conformarse con la tercera categoría en el convento: los llamados “donados” (ni siquiera hermano lego). Y por todo ello le caía muy bien el primer ministerio recibido en el convento: barrendero. De ahí el cariñoso sobre nombre con el que mundialmente se le conoce: “fray escoba”.

Muy bien, Martín pudo haberse pasado toda la vida requintando contra su padre porque no lo reconoció, no le amó como se merecía un hijo, no lo tuvo siempre con él. Y hubiera sido un frustrado y amargado que nadie recordaría. Pudo haber sido un automarginado no aceptando su origen y su color mulato y terminar o como un inútil avergonzado o como un resentido social, haciendo la pataleta y peleado con todo el mundo. Y no, Martín sacó partido a su situación y, cayendo bien a casi todos y aprovechando hasta su humor, se abrió su espacio de servicio con su escoba, su canasta de víveres y sus conocimientos empíricos de la medicina. Sabemos que, en el colmo de su humildad, pidió ser vendido como esclavo para solucionar un grave problema económico en el convento, cosa que no pudo ser aceptada.

Tampoco le gustaban a Jesús ni a Dios, su padre, los soberbios.

Recordemos la parábola del “fariseo y el publicano”: el primero, de pie, decía: “yo no soy como los demás hombres, mucho menos como ese publicano: yo rezo, ayuno, pago el diezmo de todo”. Se colocó en el templo adelante, pero su actitud soberbia le impidió acercarse a Dios y recibir el perdón. En cambio, el publicano –que era realmente un pecador público- se colocó de rodillas al final del templo y pidió humildemente perdón. Este sí, estuvo cerca de Dios y salió perdonado. Y como esa parábola muchos otros ejemplos que le llevaron a Jesús a ponernos como modelo de aspirantes al Reino a los niños y a acuñar sus famosas sentencias: “los primeros serán los últimos y los últimos los primeros” porque “el que el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”. No lo dijo de pasada ni por casualidad: la humildad es condición esencial para entrar al Reino.

A veces, confundimos la humildad con la humillación. La humillación nos la provocan injustamente y la aceptamos nosotros, con lo que imposibilitamos el realizarnos como personas y el tener una sana autoestima, necesaria para ser útiles a los demás. La humildad, en cambio, es virtud: nos permite aceptarnos como somos y sacarle partido a los dones y carismas que el Señor nos ha dado. “La humildad es la verdad”, decía otra gran santa –Teresa de Jesús-. Y el mejor ejemplo de ello lo tenemos en el canto del “magníficat” de la Virgen.

Por todo ello hoy día, Martín de Porres sigue siendo un santo tan actual. No nos gustan los soberbios, no nos gustan los que se ponen por encima de los demás, ni siquiera usando su posición eclesial; nos gustan los martines de a pie, simple y llanamente porque es el camino más corto y seguro para llegar a Dios.

Humilde santo moreno, haz que nunca en la iglesia aceptemos ser colocados por el diablo en el pináculo del templo y arrojarnos desde ahí a la plaza para que todos nos vean y nos aplaudan. Amen

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