Padre Héctor HerreraComentario sobre el Evangelio que se proclama el 19° Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B, correspondiente al domingo 12 de agosto de 2018.  La lectura es tomada del Evangelio según San Juan 6,41-51

Yo soy el pan vivo

El profeta Elías es perseguido por derrotar a los falsos dioses. Jezabel no le perdona haber destruido a los falsos profetas (1 Re 18,1-3). Se siente desanimado, quiere morir. Y aparece Dios para dar el pan y el agua. Come y bebe, recupera las fuerzas y comienza su camino hacia su encuentro con el Dios de la vida (1 Re 19,4-8). El evangelista Jn 6,41-51 nos presenta a Jesús como el pan que da vida. Sus contemporáneos no le creen, porque conocen a sus padres (v.42).

La murmuración y la crítica se parece a la del pueblo de Israel en el desierto en contra de Moisés (cf. Ex 15-17). Juan nos presenta a Jesús dándonos una lección de fe: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día” (vv. 43-44). Aceptar a Jesús es entrar en comunión con el Padre (1 Jn 1,3).

Jesús nos enseña que está escrito: “todos serán discípulos de Dios” (cf. Is. 54,13). “Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí” (v. 45) Porque él está junto al Padre. Y por la fe y el bautismo “los cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que nos lleva a confesar a Jesús como Hijo de Dios y a llamar a Dios “Abba”. Todos los bautizados y bautizadas estamos llamaos a vivir y transmitir la comunión de la Trinidad, pues “la evangelización es un llamado a la participación de la comunión trinitaria”(D.A. No. 157)

Jesús es el pan de vida, nos invita a dar el sentido profundo de la vida, a desafiarnos como discípulos, a creer que es posible amar concretamente a Dios en el hermano, a, que sufre la carencia de pan, en el excluido, en el migrante que anhela ser acogido, amado, ser libre.

En ese don de dar la vida por los hermanos encontramos el verdadero sentido a nuestra vida. Es entrar en comunión con el pobre y el desamparado para que juntos busquemos el pan de la vida (Eclo 34,21).

Ese hambre de pan, justicia y solidaridad humana, nacen de la compasión de Jesús por los excluidos. Es Dios mismo que sale al encuentro de los seres humanos. Se hace pan en el trigo y la cebada de nuestros campos que labran los pobres de la tierra, en el sudor y las lágrimas de los que se esfuerzan por buscar una mejor calidad y educación en la vida, en los que trabajan porque su derecho a la defensa de la vida sea respetada. Es en la mesa compartida con amor, cuando nos reunimos para compartir la Palabra que ilumina nuestra vida diaria y cuando nos alimentamos en la misa para salir fortalecidos. Y evitar como nos recuerda Pablo “toda amargura, pasión, enojo, gritos, insultos y cualquier tipo de maldad” (Ef. 4,31). Entonces seremos los discípulos que se han alimentado del Pan de vida que es Jesús, para ser testigos de una nueva manera de vivir y de comportarse. ¡Cuánto podríamos hacer los cristianos hoy frente a tanta violencia e inseguridad ciudadana, atacando el problema de fondo en la familia”. “Sean amables y compasivos unos con otros. Perdónense unos a otros como Dios los ha perdonado en Cristo. Pero sobre todo traten de imitarlo” (Ef. 4,32-5,1) (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

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