Padre Giorgio PeroniComentario al Evangelio que se proclama el cuarto Domingo de Pascua, ciclo B, correspondiente al domingo 22 de abril de 2018.  La lectura es tomada del Evangelio según San Juan 10,11-18.

Yo soy el Buen Pastor.

Dios, Buen Pastor, es una de las imágenes de Dios en el Antiguo Testamento. Viene de la experiencia propia del pueblo beduino muy ligado a la grey en su trabajo, amarre fruto de una relación afectiva que hacía la grey más valiosa que las mismas riquezas. La imagen del pastor es la que guía y protege, él vive de la grey y la grey puede vivir por la presencia del pastor. Jesús es el Pastor enviado por Dios.

El Buen Pastor da la vida por las ovejas.

El "dar la vida", maneja actitudes propias y permanentes; es la búsqueda de las que salen de la grey, es la conducción a los pastos, es la protección frente al peligro. Es así como entendemos que Jesús es el referente para el cristiano y es la garantía para su vida. La bondad manifiesta también la actitud de quien pone al centro la persona amada y para la cual está dispuesto a entregar la vida; Jesús da la vida y sigue dándola a través del pan partido, verdad, autenticidad y valentía son parte de la misma bondad.

El asalariado... cuando ve venir al lobo, abandona a las ovejas y huye.

Es la descripción de quien solo se queda con lo mínimo en tiempo, en desgaste, en preocupación... en todo. Para él no vale la palabra "amor", palabra que revela gratuidad y totalidad, para él solo queda el centralismo individualista y utiliza a la grey en tanto en cuanto sirve.

Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí.

Conocer, fruto de una vida en comunión, de un ideal común hacia el cual encaminar la vida y el accionar. Es aquí donde entendemos el tema de la afectividad, allí donde el corazón prima sobre la misma mente que orienta el camino en la globalidad del proyecto revelado. Jesús, el buen pastor, es el que hace de su encarnación el vivir en comunión con los hombres, aunque éstos no lo hayan entendido en su totalidad. Quien responde a la llamada se hace discípulo y el discípulo conoce y es conocido.

Como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre.

El conocerse llega hasta el punto de hacerse uno.

Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas.

El amor del Padre compromete a la misión; ni uno solo tiene que perderse. La misión exige la misma pasión de amor, amor que empieza desde la fuente, que es el mismo Padre, y que se extiende a todos los hijos del Padre. Es así como tenemos que reconocer que la Iglesia y, en la Iglesia, todo cristiano tiene que ser la voz, las manos y los pies del Buen Pastor que allí está, allí donde "dos o más se reúnen en mi nombre".

Doy mi vida para volverla a tomar.

El proyecto del Padre es también el proyecto del Hijo. Si el cristiano se hace discípulo, se hace uno con el Señor, su proyecto será también del cristiano. Es así que la vida se hace en obediencia y en libertad.

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