Padre Héctor HerreraComentario dialogado sobre el evangelio que se proclama el 30° Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B, correspondiente al domingo 28 octubre de 2018. La lectura es tomada del Evangelio según San Marcos 10,46-52. Una producción de Radio San Martín, Perú.

El que vio la luz

Mc. 10,46-52: El ciego quiere ver la luz del día, experimentar una nueva vida. Al costado del camino, se encuentran muchos pobres, que grita buscando pan, trabajo, mejores condiciones de vida. A veces se les presenta todo oscuro. De pronto brilla una luz de esperanza.

Jesús pasa por Jericó, camino a Jerusalén. Allí estaba “Bartimeo, hijo de Timeo, un mendigo ciego, al borde del camino” (v.46). Al oír que Jesús pasaba por allí, comienza a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí” (v.47). Reconocía aquél excluido, al compasivo y misericordioso. Intuía en él la luz, él puede devolverle la vista. Es el grito de los pobres que quieren ver, otros se lo impiden, quieren silenciarlo, como hoy quiere silenciarse el grito de los migrantes, el cambio climático, la exclusión de pobres y discapacitados.

Jesús se detiene, escucha el grito del pobre que clama. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Le habla. Éste, de un salto deja el manto, se puso de pie y se acercó a Jesús (v. 50). Dejar el manto; es dejar la vieja vida, para encontrar a Jesús. Descubrir el verdadero rostro de Jesús por la fe, es escuchar los gritos y esperanzas de los pobres de hoy, que claman por ser reconocidos como hijas, os de un Dios que camina, escucha y ve la luz del día con nosotros.

“El Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? (JMP Este pobre gritó y el Señor lo escuchó. Francisco 18.11.2018)

¿Qué quieres de mí? El ciego contestó “Maestro, que recobre la vista” (v.51). “La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad”. (JMP)

 Bartimeo cambia profundamente su vida. El Señor lo libera de la ceguera. ¡Vete, tu fe te ha salvado! (v. 52). Cuando recobró la vista lo siguió. Veamos a Jesús en el cuidado y protección de la vida, el medioambiente, en la búsqueda de los valores de honestidad, justicia, sinceridad, respeto, amor por la vida y la paz.

Sigamos a Jesús como el camino de vida. Con razón las primeras comunidades cristianas se llaman los del Camino (Hech 22,4; 24,14.22), por su fidelidad y amor a Jesús, contagiaban a los que no lo conocían. Su testimonio era la luz del amor. (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

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