Padre PeroniReflexión del padre Giorgio Peroni sobre el evangelio que se proclama el 28° domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C, correspondiente al domingo 13 de octubre. Las lecturas son tomadas del segundo libro de Reyes 5, 14-17; la 2° carta de San Pablo a Timoteo 2, 8-13;y, evangelio según San Lucas 17, 11-19.

Volvió con su comitiva a donde estaba el hombre de Dios y se le presentó diciendo: "Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel".

Volver es convertirse, es buscar al hombre que, si bien no es Dios, es el "signo-instrumento" en el que Dios se hace presente para actuar. La proclamación es de fe, es reconocer que el centro de la historia es Dios y no cualquier dios, sino el Dios de Israel: no solo un sentimiento religioso, sino el testimonio de la verdad de la revelación: Dios ama y elige a Israel como signo sacramental de su acción. "En ti serán benditas todas las naciones", no importa si es del pueblo hebreo o no.

Él permanece fiel, porque no puede contradecirse a sí mismo.

La fidelidad de Dios no radica en nuestros méritos sino en si mismo: él está hecho así y no cambia porque es Dios y Dios es fiel. La fidelidad divina se vuelve así fortaleza y confianza para los hombres: podemos contar con él, estamos seguros de él, nos fiamos de él.

Jesús iba de camino a Jerusalén.

Jerusalén es la meta de la misión: enviado por el Padre, asume la historia en la encarnación, cumple la misión en la entrega pascual.

Hay todo un proyecto que, desde la eternidad, viene construyéndose y que culminará en Jerusalén, la ciudad que no lo reconoció en su nacimiento y que lo crucificó a-fuera de la muralla. Él camina hacia Jerusalén y Jerusalén lo echará crucificándolo.

Pasó entre Samaria y Galilea.

Todo encuentro, todo camino, tiene una razón de ser, Samaria es la ciudad que traicionó la fe de los padres, la que construyó su propio templo, pero es también la casa del "buen samaritano" que, más allá de la separación, es capaz de bajar de la cabalgadura y de hacerse cargo del pobre molido por los bandidos. Galilea, la Galilea de los gentiles, es la casa de lo cotidiano, del camino que se construye día a día en una respuesta decidida para "estar con el Maestro".

Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos.

El pueblo es la imagen de la gente que vive, que trabaja, que ama, que lucha, que hace política. Jesús está cerca, así como los leprosos que no se atreven a entrar, para ellos no hay espacio en el pueblo, no hay historia, no hay vida.

Los cuales se detuvieron a lo lejos.

Los pobres están cargados de miedos, fruto de una historia de exclusión, de pre-juicios y de verdades a media. Aunque haya esperanza, siempre queda el miedo, queda la muerte en vida. Es así la lepra.

Y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros".

Lo llaman por su nombre. En el Evangelio son contados los que se atreven a llamarlo por su nombre, son los que no tienen a nadie más en quien esperar, es el ciego de nacimiento, es el "buen ladrón" allá en la cruz. Marca una relación muy intensa porque implica una cercanía grande, un ser familia: los leprosos, el ciego, el "buen ladrón" tienen la osadía de sentirse familia del enviado de Dios, de Dios hecho hombre. La súplica es a "tener com-pasión", a asumir la pasión, el drama no solo físico del dolor, sino también el de la exclusión, el de la muerte en vida. "Vengan a mi todos los que estáis cansados y agobiados" es la respuesta de Jesús, para Dios nadie tiene el derecho de sentirse excluido. Jesús, el Dios que salva, es el "apasionado" de los pobres: la súplica no hace más que revelar la com-pasión, el ser apasionado de Dios mismo.

Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes".

Los sacerdotes: ellos viven en Jerusalén. Vayan a Jerusalén, allá donde no les es permitido entrar. Pero el discípulo tiene que ir con el Maestro hasta allá. Los leprosos, los marcados por la lepra del pecado y de la exclusión, tienen que ir hacia Jerusalén, aunque les sea prohibido. El Maestro es quien conduce, es el buen pastor que abre la vía de la pascua.

Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

"Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre", el discípulo también es tal si hace la voluntad del Maestro: "El que quiera seguirme, tome su cruz y me siga", caminar con y como quiere el Maestro es experimentar su misión salvadora y liberadora, la lepra, la muerte en vida, ha sido vencida por el Hijo enviado. El perdón no es condición para ser discípulo, sino fruto del ser discípulo.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó alabando a Dios en voz alta.

La salvación es realizada para todos, pero no todos la reconocen, no todos entienden que la vida y la salvación son don gratuito. Uno solo, el resto pequeño de Israel, reconoce el don y lo canta. La soberbia humana llega hasta el punto de no reconocer el don divino, sigue pensándose constructor de su propia salvación.

Se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias.

La acogida tiene estas expresiones: ve, regresa, alaba, se arrodilla, da gracias. El Maestro, de camino hacia Jerusalén, conducirá al discípulo hasta la "acción de gracias" definitiva, hasta la eucaristía.

Ese era un samaritano.

Una vez más, los enemigos de religión, son los que entienden al Maestro. Leproso y samaritano, una doble exclusión, pero que lleva a la experiencia que "mucho se le perdona, porque mucho es su amor".

Entonces Jesús dijo: "¿No eran diez los que quedaron limpios?".

La salvación es para todos, aunque no todos la reconocen y la celebran.

¿Dónde están los otros nueve?

Al que llegó a dar gracias, a la eucaristía, se le pide cuenta de los hermanos, de los otros que todavía no han llegado a sentarse al banquete del Reino. La misión es parte integrante de la eucaristía, del ser Iglesia, del ser cristiano. Los nueve son como el hijo mayor que no quiso entrar a la fiesta. La misión será el comunicar que la salvación es incompleta si no se llega a sentarse en acción de gracias y en acogida de los hermanos.

¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?

El Padre envía al Hijo para revelar que espera a los nueve que están fuera de la casa. La puerta está abierta, pero todavía queda la misión.

Levántate y vete. Tu fe te ha salvado.

El discípulo es salvado, ha experimentado en carne propia el don, se ha sentado al banquete, ha hecho comunión con quien se hizo pan, y se lanza a la misión: el mundo espera.

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