Padre Giorgio PeroniComentario sobre el Evangelio que se proclama en la solemnidad de la Santísima Trinidad, ciclo B, correspondiente al domingo 27 de mayo de 2018.  Las lecturas son tomadas de los libros del Deuteronomio 4, 32-34.39-40; Carta de San Pablo a los Romanos 8, 14-17; y del Evangelio según San Mateo 28,16-20.

La Santísima Trinidad

Hay modos distintos de contemplar a Dios sobre todo cuando arrancamos desde nosotros y desde nuestra mirada. Es así como pensamos en el Dios lejano y castigador.

Si le ponemos atención a la Palabra, descubrimos que Dios se nos revela como misterio de amor, misterio que manifiesta la intensidad de vida que supera toda comprensión y que se dona progresivamente introduciendo al hombre en la misma plenitud de su amor. Es la persona de Jesús en el misterio pascual que nos revela y nos introduce en la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu.

Reconoce... y graba... que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro.

El Dios de Israel es atento permanentemente al hombre, lo mira con atención y con cariño, se preocupa de su vida. No hay para que tenerle miedo porque Él ama y es la garantía de la salvación. Confiar es la única respuesta valedera para quien lo reconoce y le permite entrar en su vida acogiendo su palabra de vida y haciéndola propia. Es un Dios que no conoce la soledad, que busca continuamente la comunión y que se entrega amando.

El mismo Espíritu Santo, a una con nuestro propio espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios.

La presencia de Dios entre nosotros no es solo de paso, Él vino para comprometernos en su misma vida: se nos da y nos acoge haciéndonos hijos suyos. Aquí está la obra del Espíritu, la misma vida divina que nos une en el misterio de la comunión de Dios. Ser hijos es ser parte activa de su misterio y de su acción.

Los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado.

Jesús cita al monte: no puede haber conciencia de la misión si antes no hubo un encuentro verdadero y profundo con el Maestro y si no se ha asimilado su mensaje. El monte es el lugar de la revelación y de la alianza, allí se vive la dimensión de la fe. Galilea sigue siendo el punto de inicio de la vida pública de Jesús y el punto de inicio de la misión de la Iglesia; es la Galilea de los gentiles, allí donde se encuentran todos los pueblos.

Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones.

La universalidad de la misión marca la verdad del amor de Dios para todo ser humano, para Él no hay distinción entre hebreo y griego, entre esclavo y libre, entre varón y mujer, todos son hijos suyos, todos tienen que llegar a encontrar y reconocer al Padre, todos son llamados a ser familia en la justicia y en la fraternidad. El poder de Jesús no marca una dominación sino una instancia de amor y de entrega.

Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Es Dios que es familia de entrega y de amor. Bautizar es sepultarse en el misterio del amor divino para sentirse parte del Dios que es Padre porque nos da la vida, que es Hijo porque se da a nosotros y es "cordero que quita el pecado del mundo", que es el Espíritu que en nosotros es fuente de santificación.

Y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado.

Enseñar no es distinto a comunicar, es parte de la misión que está en contar lo que hemos visto y oído; enseñar con palabras que revelan el testimonio de la vida.

Y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

La celebración de la Pascua ha hecho posible la presencia del Señor resucitado, libre de la fragilidad humana y victorioso sobre el pecado y sobre la muerte; ya no hay tiempo ni lugar especial porque el Señor está siempre en el hoy de Dios y en todo lugar. La Iglesia se vuelve la casa de la presencia del Señor, allí donde Él actualiza su obra salvadora, allí donde, en comunión con los cristianos hace verdad su salvación actuando el don de la gracia.

Santísima Trinidad Det. 4, 32-34.39-40; Rom. 8, 14-17; Mt. 28, 16-20

Hay modos distintos de contemplar a Dios sobre todo cuando arrancamos desde nosotros y desde nuestra mirada. Es así como pensamos en el Dios lejano y castigador.

Si le ponemos atención a la Palabra, descubrimos que Dios se nos revela como misterio de amor, misterio que manifiesta la intensidad de vida que supera toda comprensión y que se dona progresivamente introduciendo al hombre en la misma plenitud de su amor. Es la persona de Jesús en el misterio pascual que nos revela y nos introduce en la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu.

 

Reconoce… y graba… que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro.

El Dios de Israel es atento permanentemente al hombre, lo mira con atención y con cariño, se preocupa de su vida. No hay para que tenerle miedo porque Él ama y es la garantía de la salvación. Confiar es la única respuesta valedera para quien lo reconoce y le permite entrar en su vida acogiendo su palabra de vida y haciéndola propia. Es un Dios que no conoce la soledad, que busca continuamente la comunión y que se entrega amando.

 

El mismo Espíritu Santo, a una con nuestro propio espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios.

La presencia de Dios entre nosotros no es solo de paso, Él vino para comprometernos en su misma vida: se nos da y nos acoge haciéndonos hijos suyos. Aquí está la obra del Espíritu, la misma vida divina que nos une en el misterio de la comunión de Dios. Ser hijos es ser parte activa de su misterio y de su acción.

 

Los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado.

Jesús cita al monte: no puede haber conciencia de la misión si antes no hubo un encuentro verdadero y profundo con el Maestro y si no se ha asimilado su mensaje. El monte es el lugar de la revelación y de la alianza, allí se vive la dimensión de la fe. Galilea sigue siendo el punto de inicio de la vida pública de Jesús y el punto de inicio de la misión de la Iglesia; es la Galilea de los gentiles, allí donde se encuentran todos los pueblos.

 

Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones.

La universalidad de la misión marca la verdad del amor de Dios para todo ser humano, para Él no hay distinción entre hebreo y griego, entre esclavo y libre, entre varón y mujer, todos son hijos suyos, todos tienen que llegar a encontrar y reconocer al Padre, todos son llamados a ser familia en la justicia y en la fraternidad. El poder de Jesús no marca una dominación sino una instancia de amor y de entrega.

 

Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Es Dios que es familia de entrega y de amor. Bautizar es sepultarse en el misterio del amor divino para sentirse parte del Dios que es Padre porque nos da la vida, que es Hijo porque se da a nosotros y es “cordero que quita el pecado del mundo”, que es el Espíritu que en nosotros es fuente de santificación.

 

Y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado.

Enseñar no es distinto a comunicar, es parte de la misión que está en contar lo que hemos visto y oído; enseñar con palabras que revelan el testimonio de la vida.

 

Y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

La celebración de la Pascua ha hecho posible la presencia del Señor resucitado, libre de la fragilidad humana y victorioso sobre el pecado y sobre la muerte; ya no hay tiempo ni lugar especial porque el Señor está siempre en el hoy de Dios y en todo lugar. La Iglesia se vuelve la casa de la presencia del Señor, allí donde Él actualiza su obra salvadora, allí donde, en comunión con los cristianos hace verdad su salvación actuando el don de la gracia.

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