Padre Giorgio PeroniComentario sobre el Evangelio que se proclama en la solemnidad de la Sagrada Familia (Familia unida por la fe), correspondiente al domingo 31 diciembre 2017.  Las lecturas son: Ecl. 3, 3-7,14-17; Col. 3, 12-21; Lc. 2, 22-40.

Sagrada Familia

El que honra a su padre queda limpio de pecado; acumula tesoros el que respeta a su madre.
La casa es un lugar privilegiado, allí donde las personas se encuentran, se acogen y hacen uno en la comunión, son signo de la realidad divina, unidad en la trinidad. Lo que hace posible eso, es el amor: Dios es amor; los esposos hacen uno por el amor y engendran hijos porque aman. Es allí donde el hijo recibe la vida, aprende a sentirse amado y a amar, vive el misterio del amor divino que, por el signo-sacramento del amor paterno y maternal, se revela a todo hombre. La vida, así, se vuelve un camino de gracia.

Sean compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes.

La familia es el lugar de la escuela primera, de la siembra de los valores de la vida, del cuidado atento del nacer y del crecer de la virtud. Es allí donde se aprende y se vive la comunión, donde se conoce el amor, donde se entiende la fraternidad.

Transcurrido el tiempo de la purificación de María.

La generación del hijo, es un verdadero don de Dios, pero, allí donde Dios actúa, el demonio se mete para engañar. El engaño no permite tener conciencia del don. Purificar es vencer al que engaña.

Ella y José llevaron al niño a Jerusalén.

Desde el comienzo, Jerusalén es un imán para el hijo de Dios. Allí está el templo, lugar de la presencia del Padre, pero, al mismo tiempo, corazón de la incomprensión del enviado y Salvador. María y José cumplen con lo prescrito por la ley, al mismo tiempo que llevan el cumplimiento verdadero de la promesa divina.

Todo primogénito varón será consagrado al Señor.

Nadie puede sentirse dueño de si mismo; lo que somos, lo somos por don divino, lo que podemos hacer es por su presencia en nosotros.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel.

El varón justo es el que siempre espera y está pendiente de la palabra y de la llegada, porque el Señor siempre nos busca y nos encuentra.

Movido por el Espíritu, fue al templo... los tomó en brazos y bendijo a Dios.

El cristiano no puede caminar sin la guía del Espíritu, el que conduce al templo, allí donde Dios se comprometió a reunir al pueblo y a encontrar al pueblo. "Lo tomó en brazos" como el Buen Pastor que ha encontrado a la oveja perdida; solo que, aquí, estamos en otra imagen, como la de María y José en Belén. Cogerlo en brazos porque es hombre y el cuerpo se vuelve camino de comunión, bendice porque descubre algo más del signo material, allí está el Mesías.

Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador.

Es el momento de la plenitud de la vida, la que sintetiza la espera y la que vive la realización. Aquí está el todo del ser y la plenitud de la vida.

El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras.

El todo de los padres no termina en engendrar, allí empieza una responsabilidad y una tarea, la de caminar con el hijo, la de descubrir lo que revela y lo que hace el Padre, la de responder a quien les ha pedido ser parte del proyecto de salvación.

Simeón los bendijo y a María, la madre de Jesús, le anunció: "Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción... y a ti una espada te atravesará el alma".

Simeón bendice, o sea descubre y canta la acción divina en María y en José. La Palabra, hecha carne, provoca una respuesta, no es posible quedar indiferentes frente a Dios. Quien se compromete con Dios, vive el mismo camino, el de la cruz.

 

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