Padre Giorgio PeroniComentario al Evangelio que se proclama en la solemnidad de Pentecostés, ciclo B, correspondiente al domingo 20 de mayo de 20128. Las lecturas son tomadas del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11; Primera Carta de San Pablo a los Corintios 12, 3-7 y Evangelio según San Juan 20, 19.23. 2012, 3-7. 12-13; Jn. 20, 19-23

Pentecostés

Es el momento que da plenitud al misterio pascual; una vida nueva que nace de la victoria del pecado, libre así de la muerte, una vida que no termina en la mirada de la materia y del tiempo sino que ya tiene su relación con el señorío de Dios, una vida que tiene al Espíritu de Dios en sí. Es así como nace la Iglesia, nueva creación que en la Pascua toma su momento de partida y en el bautismo se apropia del don del Espíritu. Es allí donde caen barreras, donde se abren puertas, donde se vence al miedo, donde toma fuerza la iniciativa del anuncio, donde la palabra tiene la capacidad del testimonio y el alcance del mundo entero. Un cielo nuevo y una tierra nueva se abren para el hombre que puede contar con la presencia y la fuerza del Espíritu, a Él nada puede contraponerse.

El día de Pentecostés todos los discípulos estaban reunidos.

Solo la comunión abre la puerta a la llegada del Espíritu, al don pascual que da la continuidad a la presencia del Señor.

De repente se oyó un gran ruido... aparecieron lenguas...

No miramos una crónica, sino un evento que nos cuenta de la intervención divina.

Se llenaron todos del Espíritu Santo.

Es la nueva ley, la alianza marcada en la pascua. El don del Espíritu cambia el ser y el actuar de la vida humana: con el Espíritu es posible producir frutos de justicia, de perdón, de amor. Ya no es solo un asunto de ley que indica el camino, es la verdad de la fuerza para recorrer dicho camino, es un corazón nuevo, es la vida de Dios que, cuando entra en el hombre, lo transforma, lo hace capaz de bien, lo hace capaz del mismo amor de Dios.

Empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse.

La lengua del amor, la lengua de la justicia, de la fraternidad y del testimonio es una lengua universal que supera la diversidad propia de la organización humana y que hace posible la construcción de la "familia de Dios". Es que el Espíritu es un don para toda la humanidad y que hace que la Pascua de Cristo alcance a todos los hombres.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

El Dios que se ha revelado en Cristo es el Padre que ama a sus hijos y pide a los hijos de ser constructores de la familia. La Iglesia tiene que ser el testimonio de la familia de Dios y es por eso que los dones de cada uno de los miembros tienen que estar a servicio de los demás. La tentación es que los dones se hagan oportunidad para imponerse, para hacer valer el poder y el prestigio propio. El Espíritu, alma de los dones, tiene que ser fuerza para hacerles carismas.

Al anochecer del día de la resurrección.

Es el día del Señor, el del encuentro de la comunidad que celebra la eucaristía, actualización de la Pascua. Es también el anochecer, cuando la familia se re-encuentra después del trabajo para vivir su comunión.

Estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo.

El tema de la persecución es integrante de la vida cristiana; si han condenado al Maestro, no queda otro camino más que el de la persecución; es la pascua que continúa en la historia, en la vida de la Iglesia. Pero no importa si las puertas están cerradas porque ya hay algo nuevo, una nueva vida para una nueva historia.

Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: "la paz esté con ustedes".

La resurrección es el paso decisivo para vencer al miedo, para iniciar "cielo nuevo y tierra nueva". El don de la paz hace posible el camino.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

Hay continuidad entre el Jesús histórico y el Señor. Ya la aparición es la verdad de la victoria y el contenido de las palabras reveladoras de Jesús. De allí la alegría porque es posible ser familia de Dios Padre. Es posible encontrar al Señor.

Sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados..."

El don del Espíritu, don pascual por excelencia, da continuidad a la misión. Jesús fue enviado para los pecadores, para perdonar los pecados y, siempre, tiene que haber la presencia de quien perdona, la presencia del Hijo hecha posible por la acción del Espíritu que está en la Iglesia. Así como en María, ahora y siempre, el espíritu hace posible la obra salvadora. El pecado ha sido vencido y es vencido; el mundo es purificado de toda forma de mal.

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