Padre Giorgio PeroniComentario dialogado sobre el Evangelio que se proclama en el segundo Domingo de Pascua, ciclo C, corresponidente al domingo 28 abril 2018.  La lectura del Evangelio es tomada del Evangelio según San Juan 20, 19-31.

El número de hombres y mujeres que creían en el Señor, iba creciendo de día en día: aunque el tema de la Iglesia no se mide tanto con número cuanto más con intensidad de amor, es cierto que el don de la vida tiene que estar al alcance de todo el mundo, de todos los hombres, porque nadie es excluido del amor de Dios. La misión está allí, en la capacidad y en la intensidad del amor y la Iglesia tiene que ser el sacramento del amor divino.

No temas. Yo soy el primero y el último; yo soy el que vive: como allá en el monte santo cuando reveló su nombre, "Yo soy". Es el momento de la prueba y de la victoria, ¿porqué temer? "Estuve muerto y ahora, como ves, estoy vivo por los siglos de los siglos"; es la victoria definitiva, obra del que vive.

Al anochecer.

Es todavía el momento del temor y, al mismo tiempo, el momento del encuentro: miedo a los judíos y voluntad de estar juntos.

Se presentó Jesús en medio de ellos.

"Donde dos o más se reúnen en mi nombre, yo estaré con ellos": el encuentro, la acogida, la fraternidad, son certeza de la presencia del Maestro, porque Él vino para romper las divisiones, para hacer de los dos pueblos, uno solo. Allí está para decir que eso es el testimonio y el sacramento de su presencia.

La paz esté con ustedes.

La paz es don más que conquista, es don pascual, don de la victoria.

Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Son los signos de la entrega. El amor necesita de signos que hacen visible la intensidad del corazón. Así somos nosotros, aunque no nos quedamos solo en los signos. "No hay amor más grande que el que da la vida por los amigos", manos y costado son el signo de eso.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

Es el fruto de no estar solos, es el fruto de saber que se cuenta con alguien que nos quiere. "Si Dios está con nosotros, ¿quien estará contra nosotros?".

"Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo".

Hay una continuidad permanente en la misión; los discípulos tienen que ser testigos y apóstoles, anunciadores y misioneros, signos vivos y transparentes de la presencia y de la obra salvadora. El evangelio no ha terminado en la cruz, sigue en la historia actualizando el misterio de gracia del Hijo eterno encarnado en María.

Después de decir esto, sopló sobre ellos.

¿Cómo no recordar el momento del "soplo de vida" de la creación de Adán? ¿Allí cuando estalló la vida humana, hecha a imagen y semejanza de Dios? La Pascua también es explosión de vida nueva y eterna, nueva imagen del Dios que venció a la muerte.

"Reciban al Espíritu Santo. A los que perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar".

Aquí está la victoria, obra de Dios y no conquista humana. El pecado es el aguijón de la muerte y el pecado ha sido vencido. La misión de la Iglesia es hacer verdad la victoria con el perdón, sacramento del amor que es más fuerte y más grande del pecado. Dios actúa, la Iglesia es signo, voz, sacramento de esta presencia salvadora.

Tomás, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús.

Donde no hay fraternidad, no se logra encontrar al Maestro; la fe no es una decisión personal, es un don de comunión.

"Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en los agujeros...".

El rostro vivo y los signos de la pasión caminan juntos, pero, una vez más, si no se está con los Doce, es difícil verlos.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos... y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos.

Las visitas de Jesús son signos para decirnos que Él está siempre con nosotros, pero que es preciso que estemos reunidos y, más todavía, que estemos en comunión.

Luego dijo a Tomás: "Aquí están mis manos; acerca tu dedo".

Tomás le respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".

Juntos podemos reconocer y encontrar al Salvador, podemos llegar a decir: "Señor mío y Dios mío".

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