Padre Giorgio PeroniComentario sobre el Evangelio que se proclama el segundo domingo de Pascua, ciclo B, correspondiente al domingo 8 de abril de 2018.  La lectura es tomada del Evangelio según San Juan 20,19-31

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa.

Es el momento de la intimidad de la familia, cuando, terminados los trabajos de la jornada, las personas vuelven, cargados de fatiga y de sudor, a la casa, lugar del encuentro y sacramento de comunión. Es el momento de las relaciones íntimas y profundas. Esta es una noche particular porque el día ha sido cargado de situaciones de impacto.

Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes".

"Donde dos o más están reunidos en mi nombre, Yo estaré con ellos". El miedo los une y, en la unidad se hace presente el Maestro. La respuesta a Jesús no es individual, es personal si, pero cruza el sendero de la comunidad; no hay verdadera fe cristiana que no sea eclesial. El don de la paz es también fruto de la victoria sobre el individualismo o sea que la paz es el resultado de la batalla ganada para hacer fraternidad.

Dicho esto les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

La pascua conlleva la entrega y la resurrección; manos y costado dicen del amor y el amor "es más fuerte que la muerte", por eso genera alegría.

Como el Padre me ha enviado, así les envío yo.

Hay continuidad entre lo de Jesús y lo de la Iglesia: es la misma misión. Todo arranca desde el Padre y está enfocado hacia la historia porque la fe del cristiano no se queda encerrada en una sola experiencia o, peor, en un solo ambiente, tiene la dimensión del mundo con el drama de sus situaciones y con la incapacidad de dar solución a los problemas: Dios se hace cargo de la historia humana y la Iglesia no puede recorrer otro camino.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados".

La pascua es una novedad total: la tierra de la historia se empapa de la presencia y de la acción del Espíritu que da la vida. Él es el garante de la resurrección, de la victoria sobre la muerte, consecuencia del pecado. Allí está la presencia de salvación: el Espíritu es la garantía de la victoria permanente y el Espíritu es el don pascual absoluto. Por fin el pecado ha sido vencido.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos.

Cuando uno no está, y el estar no es solo asunto de presencia física sino de comunión de criterios, de valores y de acciones, no logra reconocer la presencia y la acción del Maestro, se queda solo y sin rumbo.

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