Padre Giorgio PeroniComentario sobre el evangelio que se proclama el vigésimo cuarto domingo del tiempo Ordinarioc ciclo C, correspondiente al domingo 15 de septiembre de 2019. Las lecturas son tomadas de los libros del Exodo 32, 7-11.13-14; 1ª Carta de San Pablo a Timoteo 1, 12-17; y, evangelio según San Lucas 15, 1-32.

Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores.

Son los que no tienen esperanza en si mismos sino que encontraron en quien confiar. Rechazados y excluidos por los justos, son acogidos por Jesús, rostro humano del Padre. Se acercan porque lo necesitan, porque es la razón de la propia vida.

A escucharlo.

Tienen hambre del Maestro, sacramento vivo del Padre que lo envió como instrumento de perdón y de gracia. Es la novedad absoluta: Dios ama a los pecadores y los hace justos con el perdón.

Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre si:

Para los justos de la historia no cabe lo de los pecadores; para ellos solo hay condena y exclusión, si Dios es justo no puede pensar de otra forma. Jesús, sacramento del Padre, escandaliza a los justos porque revela un Dios justo pero con una justicia distinta porque empieza desde el perdón.

"Este recibe a los pecadores y come con ellos".

La comida tiene el contenido de la vida. Comer juntos es participar de la misma vida. La vida de los pecadores es importante para Jesús y Jesús quiere compartir su propia vida con ellos. Nadie puede sentirse excluido de la voluntad salvífica del Señor.

Jesús les dijo entonces esta parábola.

La parábola, mientras expresa e ilumina la acción de Jesús, es una respuesta a los escribas y fariseos, es una invitación para que se conviertan de su justicia a la justicia de Dios. Lo de los hombres termina en condena, lo de Dios termina en perdón.

¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla?

Hay incongruencia en el actuar humano, en el actuar de los escribas y de los fariseos para los cuales es la parábola. En su actuar diario con los animales buscan a la oveja perdida, en su justicia excluyen a los pecadores. El Pastor bueno no abandona, se pone en marcha y busca hasta encontrar; cada oveja es un tesoro para el cual vale la pena ponerse en camino para encontrarla. Para el Padre cada uno de los hijos es el todo, Él no mide por números porque cada uno es el "tesoro". Su dolor pascual revela cuan valioso es cada uno para Él.

Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros.

Es de mucha significación mirar al buen Pastor con la oveja encontrada en los hombros y el cordero degollado de la pascua. El Maestro es a la vez Pastor y Cordero pascual, es el que busca y el que se entrega para salvarnos. La una es la imagen del Dios que no se conforma con que se pierda ni uno solo de sus hijos y la otra es la imagen de un costado abierto que deja ver el corazón mismo del Padre.

Lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: "Alégrense conmigo porque ya encontré la oveja que se me había perdido".

El buen Pastor invita a "hacer casa" y la alegría es fruto propio del sentirse familia. En el banquete eucarístico Jesús nos invita a ser familia al alimentarnos de la misma vida del Señor. La oveja perdida y encontrada es la razón de la fiesta, es el signo del amor.

Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría para un pecador que se arrepiente, qué por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse.

Este es el "cielo nuevo", allí donde el pecador ha encontrado su salvación, ha encontrado quien le ama y le devuelve la vida, allí donde los "justos de este mundo" se han convertido a la justicia de Dios y se han vuelto hermanos de los que habían excluido. Pero, los "justos de este mundo" ¿serán capaces de dejarse convertir?

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