Padre Giorgio PeroniComentario sobre el evangelio que se proclama el trigésimo domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C, correspondiente al domingo 27 de octubre de 2019. Las lecturas son tomadas de los libros del Eclesiastés 35, 15-17. 20-22; 2° Carta de San Pablo a Timoteo 4, 6-8. 16-18; y, evangelio según San Lucas 18,9-14.

El Señor es un juez que no se deja impresionar por apariencias.

Estamos frente al que es el creador, al que conoce hasta lo más íntimo del ser humano, al que lo tiene todo delante de su mirada. Ya no hay como construir sobre apariencias, sobre modas, sobre "alzada de manos", sobre mayorías o sobre presiones. A más, Él es padre y mira con cariño a todos, pero sobre todo a los que son marginados por los hermanos. "La oración del humilde atraviesa las nubes" así como "el grito de dolor de mi pueblo llegó a mis oídos".

He perseverado en la fe.

Si la fe es el primer don del cristiano, el del bautismo, conservar la fe es la tarea primera de todo cristiano. Pero ya no una fe que se queda en la profesión de los labios, sino una fe que empape toda decisión y toda acción, una fe que lleve a "luchar el buen combate", una fe que haga sentir que "el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas".

Jesús dijo esta parábola.

Sigue un lenguaje y una metodología que obliga al oyente a comprometerse, así es la parábola.

Sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás.

Son dos actitudes que caminan juntas: "tenerse por justo" o sea el tema del orgullo, y el "despreciar a los demás" o sea el excluir de la propia vida a los demás. Si el tema de la fe es el de la familia de Dios, éstas dos actitudes rompen las dos dimensiones propias de la familia, con Dios padre la primera, ya que no lo necesita, y con los hermanos la segunda, ya que los excluye.

Dos hombres.

No tienen nombre para que todos nos sintamos parte. Es el Maestro que quiere construir con todos, un diálogo que compromete la vida.

Para orar.

El encuentro, el diálogo, la acogida, son parte de nosotros, son la verdad de la necesidad que tenemos de Dios. La oración es el momento que revela lo interior de cada uno. Y, justo por ser el momento que revela lo profundo, es también el espacio en que se manifiesta el orgullo o la humildad.

Uno era fariseo y el otro publicano.

Uno es el que cumple las normas y hasta va más allá; por eso es "separado" de lo común de la gente. El otro es publicano, uno que cobra impuestos para el enemigo romano, odiado y detestado por todos.

El fariseo, erguido, oraba así en su interior.

Él está, como María que estaba a los pies de la cruz. Pero su "estar" no es delante de Dios, sino de si mismo, se mira a si y se complace de si. Es un "separado" que no necesita de otro para un diálogo fecundo de comunión. Es él en su soledad narcisista que lo hace principio y fin de si y del mundo.

Oraba: las palabras dicen "gracias", pero es una contradicción en si mismo porque la palabra habla de dependencia, de ser don reconocido y acogido, de entenderse en un proyecto de amor que va más allá del mundo egoísta para cantar una relación que solo se construye en la gratuidad, pero la actitud es cerrada, se hace dueño de lo que ha recibido como don y se alaba a si mismo mientras desprecia a los demás.

"Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres".

Es aquí donde la alabanza de si mismo se hace actitud de separación y de exclusión. El que es principio y fin de si mismo no necesita de nadie sino que se hace un todo. Dios se reveló como el todo abierto a la comunión, trinitaria en si mismo y amorosa en la creación y más en la salvación. El fariseo usa la oración (diálogo con Dios) para buscarse a si mismo como Lucifer.

Tampoco soy como ese publicano.

Acusar para así hacerse más que el otro. No puede haber situación peor que la de orar acusando. Es allí, en la oración, donde aparece nuestro fariseísmo, cuando nos queremos justificar acusando. Pero, ¡como es difícil aceptar el pecado del fariseísmo! Es por eso que no experimentamos el don de la compasión divina, de su misericordia, que nos llenaría el alma de serenidad. Conversión es caminar hacia la conciencia del pecado que está en nosotros para exclamar: "Dios mío, apiádate de mi".

Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias.

El fariseo va mucho más allá de lo que exigía la ley: un día de ayuno por año y el pago del diezmo para el productor. Él hace mucho más para tener derecho a la recompensa, más, al agradecimiento divino. El atrevimiento llega hasta allí.

El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo.

Es la actitud del humilde y del pecador. No hay humildad sin conciencia del pecado. Sabe que no puede alzar los ojos y solo espera en la mirada de Dios, solo confía en Él porque es el único que lo puede salvar.

Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: "Dios mío, apiádate de mi, que soy un pecador".

Aquí se encuentran los dos polos: el pecado y la misericordia. Como en la cruz la misericordia se hace perdón, se hace gracia, se hace victoria, se hace resurrección. Dios es más grande de nuestro pecado. Es que "la oración del humilde penetra las nubes". Dios encuentra posada en el corazón que se ha vaciado de la soberbia y del orgullo.

Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquel no.

Así es la oración verdadera, la del humilde que se reconoce pecador e invoca la misericordia. Así es Dios que oye la súplica del humilde y tiene compasión del pecador arrepentido. Así es el camino que conduce a la fe verdadera.

El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

Es necesaria la humildad para orar. De otra forma la oración se hace auto-complacencia y auto-justificación. Nosotros, ¿dónde nos ubicamos? ¿será que somos como el fariseo y no lo queremos reconocer?

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