Padre Giorgio PeroniComentario sobre el Evangelio que se proclama el décimo segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B, festividad de San Juan Bautista (24 de junio).  La lectura es tomada del Evangelio según San Lucas 1,57-66.80

Natividad de San Juan

Llegó a Isabel la hora de dar a luz...

Nuestra mirada es a Juan el Bautista, el enviado, el que anuncia la presencia del Señor, el que prepara el camino de la llegada y del encuentro con el Hijo eterno. Todo es intervención divina ya que Zacarías e Isabel eran de edad avanzada. La vida es don divino y por eso hay que regocijarse, hay que hacer fiesta, hay que dar gracias. Todo es don y todo es misericordia, es bondad del Padre. Solo en esta relación entendemos nuestra realidad de llamados, de elegidos y de enviados.

Querían poner Zacarías.

El nombre es importante porque marca la identidad de la persona, tiene que ver con la misión y la misión no la decide cualquiera, la decide el mismo Dios y es por eso que resulta clara la tarea de ser elegido, de ser profeta. Todo manifiesta la voluntad humana que con frecuencia es distinta a la voluntad de Dios. Dios es el punto de partida de la vida y de la misión ya que Él es el Padre y "uno solo es vuestro Padre, el del cielo".

Juan es su nombre.

El nombre revela la misma obra divina ya que "Dios es propicio, es misericordioso". El niño será signo de la misericordia divina, será la voz de la Palabra, la voz que anuncia y que hace reconocer la presencia. El momento de la circuncisión manifiesta que hay una historia de Dios con su pueblo, una historia de la que somos parte, de la que Juan es parte y será en esa realidad del "pueblo de Dios" que Juan será "el precursor y el profeta".

Le preguntaron por señas.

Zacarías había quedado mudo y ahora vuelve a hablar. Nos encontramos con la historia de Dios con los hombres, es Él que toma la iniciativa, que hace generar y nacer, que bendice cuando todavía estaba en el seno materno, y ahora que da la voz para que revele el designio divino, designio que sorprende y hace surgir el temor.

¿Qué será de este niño?

Se necesita el silencio para entender lo de Dios, se necesita el silencio interior para que su Palabra se nos revele y nos manifieste su proyecto de vida, hay que ser y sentirse libres para que la voz hable. El ser cristianos es tarea de todos los días y de todas las situaciones en las cuales nos encontramos.

Y vivió en el desierto.

El desierto es el lugar donde se fortalece la relación con Dios que llama y que envía, es el lugar donde se aprende a ser libres, donde se entiende la misión, donde nos sentimos profetas porque la palabra que hay que anunciar es la palabra de Dios.

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