padre Héctor HerreraComentario sobre el evangelio que se proclama el 15° Domingo del tiempo ordinario, ciclo C, correspondiente al domingo 14 de julio de 2019.  La lectura es tomada del evangelio según San Lucas 10,25-37

El maltratado es tu prójimo

Lc 10, 25-37, nos plantea la pregunta como el maestro de la Ley ¿Quién es mi prójimo? Tal vez está pensando en los 613 preceptos y obligaciones que se habían organizado en la interpretación de la Ley, olvidándose del mundo real y concreto, sobre todo de la misericordia y la justicia.

Jesús parte de una sencilla reflexión: Un hombre bajó de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, como hoy puede sucedernos, víctima de los plagios, secuestros, asaltos, desapariciones. Dos religiosos, un sacerdote y un servidor del templo pasan cerca al malherido. Ninguno se acerca. Temen comprometerse o ser “comprometidos”. No han comprendido ni el amor a Dios ni a su prójimo. Pasó un samaritano, un no creyente, según la mentalidad judía. Éste le vendó las heridas, lo puso en su caballo y lo llevó al hotelero, para que cuidara de él.

Para Jesús lo importante no es quién es mi prójimo, sino acercarnos a los demás, vendar sus heridas físicas y morales. A veces, queremos justificarnos, somos indolentes ante el dolor y sufrimiento de quien está herido, maltratado o desaparecido. Dejamos que el otro se desangre o se muera en el camino. Detengámonos como creyentes a pensar en esos prójimos maltratados y malheridos: migrantes, prostitutas, drogadictos, enfermos de sida, tuberculosos, hambrientos, personas disminuidas por su situación económica, social o de raza. Esos son mis prójimos que les debo amor. Amar es hacer tomar conciencia a la sociedad, a los que oprimen, despojan de la vida y del pan a los pobres que caminan buscando una mejor calidad de vida.

Rosaleen, ante el huayco, que había cubierto la parcela de los campesinos, estaba allí como buena misionera, cerca de los pobres, defendía la vida y la tierra de los que sufrían, trabajando con ellos para recuperarse, en un gesto de solidaridad evangélica, porque sentía que ser prójimo del otro, es ponerse en la situación del desvalido. Amaba con ternura. Su sonrisa les devolvía la alegría, porque veía en ese cuerpo sufriente, el rostro mismo de Jesús, que ha venido para que tengamos vida. Porque El pasó haciendo el bien. Él es el buen samaritano que venda las heridas de su cuerpo que es la humanidad doliente y nos pone el aceite del consuelo, para que trabajemos por crear condiciones de vida más humanas, justas, responsables de la vida de los más indefensos y crear una conciencia solidaria que nos descubra el rostro misericordioso de un Dios con corazón de padre y de madre que no hace distinción con nadie, sino que nos impulsa a cambiar la historia del odio y de la injusticia por una historia nueva de amor y de comprensión, de libertad y de verdad. Porque sólo la fuerza del amor crea vida para quien ama y es amado. Sólo así entenderemos las palabras de Jesús: “Vengan benditos de mi Padre. Lo que ustedes hicieron o dejaron de hacer con uno de estos más pequeños conmigo lo hicieron (Mt 25,34 ss). (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

 

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