Padre Giorgio PeroniComentario del Padre Giorgio Peroni al Evangelio que se proclama el 6° Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B, correspondiente al domingo 11 de febrero de 2018.  La lectura es tomada del Evangelio según San Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso.

El hombre busca siempre la razón última de su propia vida; no la encuentra en si mismo y es necesario que otro se la de. Jesús se presenta como la esperanza última, el que da razón del ser humano. Agustín dirá que nuestro corazón es inquieto hasta que Dios no repose en él.

Un leproso para suplicarle de rodilla.

El que busca es un leproso, un excluido de la sociedad por su enfermedad que puede contagiar a otros, uno que es considerado maldito por Dios mismo, uno que no tiene acceso a la vida de la comunidad: una vida sin relación, sin acogida, sin encuentro no tiene sentido. Jesús es la última esperanza y la razón de quien no tiene esperanza. El ponerse de rodilla sabe a reconocimiento de la grandeza de amor del que está adelante.

"Si tu quieres, puedes curarme".

No se trata tan solo de enfermedad, se trata de vida y de vida en plenitud. En ti reposa toda mi confianza, porque si, tu lo puedes.

Jesús se compadeció de él.

Compadecerse es "padecer junto": lo del enfermo, lo del marginado, lo del excluido, lo del condenado es también de Jesús. No hay nada del hombre, menos el pecado, que no sea asumido por el Señor.

Y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: "¡Sí quiero: Sana!".

Es bonita la descripción: es cuerpo y alma que participan en ese gesto de bondad y de salvación.

Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Jesús es el Señor; el gesto manifiesta la razón de la presencia y de la acción del Maestro.

"No se cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece..."

No se trata de hacer propaganda, pero sí de cumplir con la comunicación y de reconocer con la ofrenda, la obra de Dios. El sacerdote es como anunciar que el Esperado ha llegado y la oferta es saber que es obra de Dios.

Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho...

El tesoro, la alegría, la salvación no caben en el corazón del hombre; tienen que ser comunicado y, si la palabra no alcanza, el rostro lo dice.

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