tercer domingo de Cuaresma-CComentario dialogado sobre el evangelio que se proclama el tercer Domingo de Cuaresma, ciclo C, correspondiente al domingo 24 de marzo de 2019.  La lectura es tomada del evangelio según San Lucas 13, 1-9

“Conviértanse…” 

Cuando muere gente en un accidente de tráfico, algunos dicen: “¡Cómo puede permitir esto Dios!” ¿Qué pensar de esta frase?

También lo dicen cuando hay terremotos, como en el de Haití el 12 de enero de 2010, en el país más pobre de América Latina. También en los tsunamis, en las balas perdidas…

A Jesús en el evangelio de hoy le fue gente con noticias también trágicas:

- “Jesús, ¿sabes que unos galileos fueron degollados por Pilato mientras ofrecían sus sacrificios en el Templo? ¿Sabes que se cayó la torre de Siloé y aplastó a 18 personas?”

 ¿Cómo interpretaba la gente estas noticias trágicas?

 Ante los guerrilleros degollados, seguro que alguien le diría a Jesús:

-“¡Esos malvados romanos! ¡Vamos a deshacernos de ellos!

Jesús no opina sobre los guerrilleros. De hecho fracasaron definitivamente cuando, a finales de los años 60 después de Jesús, lograron un último alzamiento de Jerusalén contra los romanos, pero éstos la destruyeron, y así se dio inicio al largo exilio judío, que ha durado casi hasta nuestros días.

También le traen la otra noticia de los 18 aplastados para ver qué opinaba. Muchos decían: “¡Qué habrán hecho que Dios los castiga así!”.

 ¿Cómo reacciona Jesús ante tales comentarios?

 Jesús se rebela contra tales frases, llenas de prejuicios y malinterpretaciones.

Jesús simplemente pregunta; "¿Creen ustedes que esos galileos degollados y esos 18 aplastados eran más pecadores que los demás de Jerusalén, que se mantienen vivos?"

Es decir, Jesús nos dice que la desgracia no ocurre por ser uno pecador. Los justos y los inocentes también sufren desgracias, igual que los pecadores.

El terremoto que destruye un club nocturno, también destruye una iglesia, y mata tanto al que atiende el bar como al sacerdote. En tales casos, la culpa no interviene.

Pero hay tragedias, que vienen del pecado, del descuido... Quienes conducen sus autos borrachos matan personas inocentes. Los abusivos lastiman a sus parejas e hijos.

 Ante tales tragedias, a algunos les vienen dudas hasta de la existencia de Dios.

Te cuento esta historia:

<Un barbero hablaba con su cliente sobre enfermedades, y le llegó a decir:

-  “Yo no creo que Dios exista”.    - “¿Por qué?”, preguntó el cliente.

-   “Es muy fácil: si Dios existiera, ¿habría tantos enfermos, tantos niños abandonados? ¿Cómo puede Dios permitir todas estas cosas?”

El cliente terminó de cortarse el pelo, salió del negocio y vio a un hombre con la barba y el cabello largo. Entró de nuevo a la barbería y le dijo al barbero:

-   “¿Sabe una cosa? Los barberos no existen”.  - “¿Como? Si aquí estoy yo”.

-  “No...! Ahí fuera hay un hombre con barba y pelo largo. Si existieran los barberos, no habría personas con el pelo y la barba tan largos”. 

-  “Bueno. Lo que pasa es que esas personas no vienen a mi”.

-   “Exacto...!” dijo el cliente. “Ese es el punto. Dios sí existe; lo que pasa es que las personas no van a él y no le buscan. Por eso hay tanto dolor y miseria”.

Y el barbero se quedó pensando.>

 ¿Cómo reaccionar ante una tragedia?

 Cualquier calamidad, pública o privada, puede ser, en lenguaje teológico, ‘una gracia actual’, es decir, un signo por el que habla Dios. La muerte siempre está al acecho, y viene con sorpresa. Es el signo más vivo de nuestra condición humana limitada. Esta certeza de la muerte nos indica que la única respuesta a ella es la conversión, no para huir de la muerte, sino para volvernos a Dios con todo nuestro corazón y, así, hacer de ella el momento de nuestra última y confiada entrega a Él.

También nos llama Dios a comprometernos a favor de los débiles, como Moisés con los israelitas esclavos en Egipto (1ª Lectura de hoy).

 Hablas de compromisos adquiridos. ¿Cuándo nos comprometimos a todo eso?

Primero, en el bautismo. En él renunciamos al pecado y al mal, al egoísmo, a la enemistad, a todo lo que nos aparta de Dios, y nos comprometimos a una vida espiritual como la de Cristo, libre de egoísmos, fielmente entregada a Dios y a nuestros hermanos.

Segundo, en la Eucaristía. La ‘comunión’ con Cristo nos lanza a un compromiso mayor, que es la práctica y proclamación del amor, como algo esencial al cristiano.

 ¿Jesús se inclina a castigarnos o a darnos otra oportunidad?

A Jesús no le interesa condenarnos, sino salvarnos y redimirnos. Aquí se pintó Él:

<Uno tenía una higuera plantada en su viña; fue a buscar fruto en ella; no lo encontró, y dijo entonces al viñador:

- “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó:

- “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás”.>

Jesús intercede ante el Padre para darnos una “última oportunidad” de producir fruto, de vivir de acuerdo con Dios. Jesús hace su papel a través de padres, docentes, sacerdotes, religiosas, amigos… y aun de enemigos, que con sus críticas nos alertan. Diferir la conversión es desaprovechar el amor paciente de Dios y condenarnos a la esterilidad.

 

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