Padre Giorgio PeroniComentario del padre Giorgio Peroni al Evangelio que se proclama el 23° Domingo del Teimpo ordinario, ciclo B, correspondiente al domingo 9 de septiembre de 2018. la lectura es tomada del Evangelio según San Marcos 7, 31-37

Salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea.

Es como que volviera a la casa, entre su gente, porque a ellos ha sido enviado.

 Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos.

Quien no escucha, difícil que pueda hablar. Las personas somos criaturas, nuestra vida se nos da y aprendemos con la actitud fundamental de la escucha y de la acogida. Si somos don, solo sabiéndonos donados-amados aprendemos a construirnos dándonos. Pero eso es posible si le damos espacio a la primera experiencia: Dios nos habla, nos ama y hablándonos y amándonos nos hace vivir. Si así somos y nos entendemos, así nos hacemos. El sordo no lo es solo por enfermedad, sino también por indisponibilidad a escuchar. De allí viene la incapacidad de hablar.

Le llevan. Es valioso el aporte de la comunidad que conduce hacia el Maestro, hacia el que habla, hacia el que, siendo Palabra, hace que se lo escuche para así aprender a hablar.

 Él lo apartó a un lado de la gente.

El silencio es el ambiente propio para volver a Dios, para encontrarle y escucharle.

 Le metió los dedos en los oídos, y le tocó la lengua con la saliva.

Hay siempre la mediación del cuerpo en la relación con el Maestro: la dimensión sacramental es propia de la vida y de la relación entre las personas y lo es también en la vida de la fe. Todos estos son signos que permiten la comunicación, o sea el encuentro y el don.

 Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “¡Effetá!”.

Gestos y palabras se unen. La mirada al cielo sabe a revelar su identidad-comunión con el Padre que actúa en el Hijo. La palabra pronunciada tiene el espesor de la palabra creadora que actúa en la vida y da la vida.

 Al momento se les abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad.

Empieza nuevamente la vida: oír y hablar es entrar en relación y en comunión, es ser parte de la comunidad y de la historia de los hombres en la que Dios está.

 Todos estaban asombrados y decían: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

Podemos volver la mirada al momento de la creación, cuando vio Dios lo que había hecho y “era muy bueno”.

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