Padre Giorgio PeroniReflexión sobre el evangelio que se proclama el décimo sexto domingo del tiempo ordinario, ciclo C, correspondiente al domingo 21 de julio de 2019.  Las lecturas son tomadas de los libros del Génesis 18, 1-10; Carta del apóstol San Pablo a los Colosenses 1, 24-28; y, evangelio según San Lucas 10, 38-42.

Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mi sin detenerte.

El misterio de Dios siempre tuvo caminos de encuentro con la vida de los hombres: la historia humana no es indiferente a Dios, más bien es espacio de su presencia hasta llegar al momento de la encarnación, cuando Dios pondrá su tienda entre las nuestras, más, hará comunión con nosotros.

Dios busca, toma la iniciativa. Al hombre cabe reconocerle y acogerle. Es el Dios que recorre los mismos caminos humanos y nos encuentra por medio de "ángeles", de profetas, de sacramentos vivos que transparentan su presencia y su amor.

Dios ha querido dar a conocer a los suyos la gloria y riqueza que éste designio encierra para los paganos, es decir, que Cristo vive en ustedes y es la esperanza de la gloria.

"Señor, que vea" es el grito-invocación de todo hombre que no logra descubrir que "Cristo vive" en nosotros. No porque somos buenos, sino porque Él es bueno. No porque somos cristianos, sino porque Él nos hace suyos. Dios es Padre de todos y es la razón de ser de todos. La fe nos permite ver, a la luz de la Palabra, que Él está; sin fe, buscamos "a tientas". Ser y anunciar, discípulos y misioneros es la alegría y la misión.

Entró Jesús en un poblado.

Es siempre Él que da el primer paso, que escoge el cuando y el donde entrar y manifestarse, aunque todo poblado es parte de la misión: "vayamos porque a otros pueblos hay que anunciar el Reino". El poblado nos habla de personas que viven cerca, que caminan las mismas calles, que construyen la misma historia.

Y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa.

"Estoy a la puerta y llamo. Si alguien me abre, entraré y cenaré con él". La razón de la vida y de la casa es Él: "si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles". Reconocer es fe, acoger es conciencia de la propia fragilidad y voluntad de comunión: sin comunión con Dios no hay comunión con los hermanos.

Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús.

En la casa Jesús es el centro, el corazón. Marta abre la puerta, María se queda con Él.

Y se puso a escuchar su palabra.

Quedarse para hacerse discípulo, esto es el cristiano. Si no escuchas, no conoces, no entiendes, no acoges en el corazón, no te haces Iglesia, sacramento de presencia salvadora. ¿Como puede haber anuncio si no hay escucha? ¿Cómo puede haber Palabra sin abrir antes el corazón?

Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude.

¡Como es importante el servicio! Pero no puede quedarse solo en "hacer cosas", hay que darle razón a las cosas que se hacen. Marta es buena, pero, para que las cosas sean "amor", hay que darles razón y la razón la da el Maestro. Fe y obras se entrelazan y construyen el amor. El Maestro vino para encontrar, para "estar con", después vienen los quehaceres.

Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria.

Poner en orden las cosas es lo primero que hay que hacer. Tiene que ser claro que "donde está el tesoro, allí está tu corazón" y el Maestro, la persona del maestro es el centro de todo.

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