padre Héctor JerreraComentario sobre el evangelio que se proclama el segundo domingo de Cuaresma, ciclo A, correspondietne al domingo 8 de marzo.  La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 17,1-9,

Este es mi  Hijo, escúchenlo

Mt 17,1-9, Jesús elige a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a la montaña. El ser reconocido hijo amado del Padre, pasa por el camino de la cruz. El mismo les va a mostrar su gloria, para que su fe crezca. Su realización como hijo que cumple la voluntad del Padre, va unido a Moisés que libera al pueblo de Israel, para conducirlo a la promesa de vida y de libertad como hijos de Dios y la figura de Elías, como el profeta que anuncia la gloria de Dios. Estos personajes son testigos que en Jesús está la gloria de Dios, en medio de la humanidad.

Jesús es consciente de su muerte. Pero más allá está la gloria del amor del Padre. El amor que resplandece en medio de las tinieblas del egoísmo. A veces nos sentimos sorprendidos como Pedro, que no entiende. Se deslumbra por el resplandor. No sabe lo que dice, porque iba descubriendo el camino de la fe. La presencia de Dios manifestado en la nube, nos permite escuchar la voz de Dios: “Este es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo” (v.5) “En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los «diez mandamientos» de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: «Escuchad a Jesús». La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús”. (José Antonio Pagola)

Sienten miedo ante esa presencia de Dios. Se postran rostro en tierra en señal de adoración. ¿Podrán seguir reconociendo en Jesús la presencia de Dios?

Jesús se acerca, nos toca, nos anima: “Levántense, no tengan miedo” (v.7). Jesús hoy nos siga dando ánimo, el misterio de la cruz nos lleva al gozo de la luz pascual: Él es el Resucitado, el Señor de la vida y de la historia, que la hace nueva y espera que sus discípulos seamos signos de vida, de alegría, de fe. Que comprendamos, como nos recuerda hoy San Pablo: “No te avergüences de dar testimonio de Dios, ni de mí, su prisionero; al contrario, con la fuerza que Dios te da comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por la Buena Noticia” (2 Tim 1,8).

Anunciar y proclamar hoy el evangelio de la vida, es correr el riesgo de amar y defender la vida frente a los que amenazan destruir este don precioso de Dios. Es sembrar el valor del amor como la semilla de la justicia y de la verdad, frente a la soberbia y la corrupción del corazón del hombre.

Seguir a Jesús es dejarnos transfigurar por su palabra encarnada en nuestra vida personal y comunitaria. Es descubrir la presencia de Dios en el rostro de los más humildes para ver la luz de la dignidad de todo ser humano. Es salir de la comodidad, del miedo para caminar resueltamente como Jesús a una nueva vida. ¿Nos quedaremos adormecidos por los ídolos que nos atan, o emprenderemos una nueva vida como el amigo de Dios, Abraham y padre de la fe? Jesús confía en nosotros. De nosotros depende escucharlo y seguirlo con decisión. (Fr. Héctor Herrera, O.P.)

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