padre Héctor HerreraComentario sobre el evangelio que se proclama en la solemnidad de Pentecostés, ciclo A, correspondiente al domingo 31 de mayo de 2020.  La lectura es tomada del evangelio según San Juan 20, 19-23.

El Espiritu da vida

Jn 20, 19-23: Pentecostés, fiesta de las siete semanas. En Israel era una fiesta agraria. La fiesta de la recolección (Ex23, 16; 34,22), luego es fiesta que recordaba la promulgación de la Ley sobre el Sinaí. La venida del Espíritu es fuerza profética que lleva a plenitud la alegría del resucitado. De varones temerosos, encerrados (v.19) se convierten en varones que proclaman el proyecto salvífico para todos.

El Shalom, la paz de Jesús es un don de alegría para sus discípulos, significa tranquilidad, discernimiento consigo mismo y con los demás, fortaleza contra toda injusticia, corrupción, inseguridad. La misión de la Iglesia naciente como la de hoy, es profética. Instaurar el reino de  paz, promover el derecho y la dignidad de todo ser humano, el cuidado de la creación, casa común, porque “el efecto de la justicia será la paz, la función de la justicia, calma y tranquilidad perpetuas” (Is. 32,17)

“Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (v.21). Sopla sobre ellos, les da el Espíritu Santo, como una nueva creación. La Iglesia nace por la fuerza del Espíritu. El Espíritu Santo, es como viento, nueva creación en Cristo (Hch 2,1-1). El Espíritu de Dios, unifica la comunidad apostólica, les da  fuerza y  sabiduría para anunciar al resucitado. El Espíritu es luz que ilumina y entra en el fondo del alma, quienes los oyen pueden comprender en su propia lengua y cultura, el proyecto de salvación de Dios.

El Espíritu Santo unifica, crea armonía en una humanidad dividida. El Espíritu de Dios reconcilia y armoniza a la humanidad para encontrar en Dios la fuerza y la sabiduría que nos hace comprender la urgencia de vivir una vida según el Espíritu.

El Espíritu nos hace hijos de Dios, viviendo la libertad y comprometiéndonos en luchar contra las obras de la injusticia, corrupción y acomodo a los ídolos del poder y del dinero. Sólo la fuerza del Espíritu de Dios hará posible una comunidad nueva, fraterna, reconciliada.

Somos discípulos, convocados a la unidad, por el Espíritu que une y nos da diferentes dones al servicio del bien común, como lo recalca el Apóstol Pablo en 1 Cor 12,3-7.12-13.  Por eso al leer esa hermosa secuencia de hoy decimos: “Ven Espíritu divino. Padre amoroso del pobre. Entra en el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno”.

Hoy fiesta de la Iglesia, renace con la misma fuerza de Dios, ser testigos del Resucitado, la verdad, la justicia y la paz, para reconciliar y sanar las heridas, en medio de un mundo, necesitado de solidaridad, con una visión nueva de crear un mundo más fraterno y justo. (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

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