Padre Giorgio PeroniComentario al Evangelio que se proclama el 15° Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B, correspondiente al domingo 15 de julio de 2018.  La lectura es tomada del Evangelio según San Marcos 6,7-13

Jesús llamó a los Doce, los envió de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus inmundos.

El tema de la misión, para el cristiano, es un tema congénito a su ser; no es posible decir que tenemos fe si ésta no mueve el estilo de vida, si no empapa los sentimientos, los ideales y las acciones. Pero la misión no es algo personal, tiene unas características que hace del cristiano discípulo verdadero del Maestro. Él llama, Él envía, Él da el poder. Estas tres palabras marcan la verdad de una misión que viene del Padre, que se realiza en el Hijo y que se hace actual en el testimonio de la Iglesia. El ir de "dos en dos" es el signo de la victoria sobre la tentación de una misión privada, para hacerse expresión de comunidad, de relaciones positivas y de comunión. ¿No será que los "espíritus inmundos" son los que se contrapones al testimonio comunitario?

Les mandó que no llevaran nada para el camino... únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica.

Éstas son las características de la misión del cristiano: el resultado de la misión no está en las cosas, sino en el testimonio, en la confianza y en la comunión. Los bienes, así como los medios, solo tienen que quedar en instrumentos y no en fin. Si el Maestro llevó a cabo la misión en la pobreza y en la sencillez, es preciso entender que no hay otro camino para el cristiano que ese.

Cuando entren en una casa, quédense en ella.

Ser testigos de comunión y ser creadores de comunión. Quedarse es "hacerse uno", es "hacer familia" con la familia. La misión se mide con la intensidad de la relación, de la fraternidad construida.

Si en alguna parte no los reciben ni los escuchan... sacúdanse el polvo de los pies.

La misión es exigente para el misionero y para los evangelizados; es que al Maestro o se lo reconoce y se acepta o se lo rechaza sin darle espacio en la propia vida. El misionero es testigo, es sacramento de la presencia del que envía, y, acogida o rechazo, no tiene su referente en el portador de la misión, sino en quien envía.

Los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento.

Arrepentirse es reconocer que algo hay que cambiar, y, ¿quién puede decir de no tener nada que cambiar?

Expulsaban a los demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban.

La evangelización y la misión tienen que llegar a la acción, a la obra, signo y contenido de la palabra.

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