Padre Giorgio PeroniComentario sobre el evangelio que se proclama el trigésimo segundo domingo del Tiempo ordinario, ciclo C, correspondiente al domingo 10 de noviembre.  Las lecturas son tomadas del segundo libro de los Macabeos 7, 1-2. 9-14; la segunda carta del apóstol San Pablo a los tesalonisenses 2, 16-3, 5; y, evangelio según San Lucas 20, 27-38.

Vale la pena morir por manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará.

Cuando la vida es la meta de nuestra esperanza, se vuelve luz que ilumina las decisiones, los pensamientos, los criterios y las opciones cotidianas. Hay una continuidad entre la vida recibida como don y la vida entregada en el amor: Dios, que es el comienzo de la vida, la construye para la eternidad.

 El Señor, que es fiel, les dará fuerza a ustedes y los librará del maligno.

El que es el comienzo y la razón de la vida, no abandona a los que, por amor, les ha dado la vida. La batalla para la eternidad de nuestra vida, se libra entre Él y el maligno, batalla en la que cada uno tiene que optar para decidir donde colocarse. Nuestra opción es importante, pero más la decisión de Dios de luchar en nosotros, con nosotros y por nosotros.

 Se acercaron a Jesús algunos saduceos.

La situación en la que nos encontramos marca un estilo de pensamiento, de valores y de acciones. Los saduceos son propietarios de muchos bienes, diríamos de la clase de los ricos, y esta realidad los coloca en un grupo poco atento a los valores extra-terrenales; para ellos no tenía sentido hablar de resurrección y de eternidad, todo terminaba en lo material.

“Moisés, nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que se muere…”

Es querer poner en ridículo el tema de la vida y de la eternidad. La ley que, de alguna manera, quería asegurar el futuro a través de la descendencia, es tomada como prueba de la propia visión, aunque ya había círculos que creían en la resurrección.

 Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda.

Hay una visión de posesión como si la mujer fuera un bien. De hecho se negociaba el matrimonio con intercambio de bienes. Ya esto marca una visión mezquina del mismo matrimonio. El “tomar” es contrario al amor que es dar: la vida solo se concibe y se entiende cuando es dada. En la visión cristiana no hay espacio para el “supermercado de la vida” escogida, comprada o manipulada según intereses y deseos propios, solo cabe el tema del amor que sabe a don y a don gratuito.

 Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura…

Ya hay dos instancias en la vida, el “ahora” y el “después”. Es cierto que no es posible poner la mirada solo en el “ahora”, marcado por el engendrar que solo aumenta la cantidad de los que mueren, es la mirada del “después” que ilumina y hace de la muerte tan solo un “nuevo engendrar”, allí donde ya está vencida, y para siempre, la muerte. Cuando el mundo y el horizonte de nuestra mirada terminan en el “tomar”, todo termina en el morir. La mirada del “después” tiene que ser parte del “ahora” para poder entender el valor del amor, don gratuito que vence a la muerte.

 Los que sean juzgados dignos de ella.

Se trata de una mirada no solo intelectual, sino de valor, de meta, de ideal y por eso implica una decisión que compromete el hoy y los valores de la vida de hoy. Si el futuro es el tiempo en el que no se compra, su “mercado” es el del amor. Ser juzgados dignos del amor es entender que nuestra grandeza, nuestra dignidad, solo resultan fruto de un amor que por nosotros se entregó y por nosotros resucitó. Celebramos la eucaristía, celebramos el amor que compró nuestra vida y nuestra eternidad. Allí está la nueva visión en la que la persona no se construye y no es grande por el número de cosas y de hijos, sino porque es parte de Dios, hace comunión, hace uno con Dios. Misterio grande en el que lo humano hace uno con lo divino en la experiencia del amor recibido.

 No se casarán ni podrán ya morir.

Esto es lo que llamamos “gracia”. La fecundidad divina, misterio grande que solo se revela en Cristo, nos pone en una dimensión nueva donde ya la muerte ha sido vencida y, por lo mismo, no necesita de “engendrar”, paliativo de la victoria que es posible con el amor del Hijo encarnado.

 Porque serán como ángeles e hijos de Dios, pues Él los habrá resucitado.

Dos son las imágenes, la de los ángeles, los mensajeros que llevan en el rostro el esplendor y la imagen del que los envía, y la de los hijos de Dios que tiene su referente último en el Hijo eterno encarnado en el seno de María y entregado en la cruz para nuestra salvación. El ser parte, el ser imagen manifiesta la decisión de la comunión y, “si Dios está con nosotros, ¿quien puede contra nosotros? Ni muerte, ni vida…”. La muerte ha sido vencida, la historia tiene una mirada nueva, la muerte humana es un renacer a la vida definitiva que comienza con el don del bautismo y se alimenta con el pan de la eucaristía, misterio pascual de resurrección.

 Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Él que es el comienzo, el dador de vida, es también la razón y la esperanza de la vida. Es Yaveh, el que vive y el que da la vida, el amor y el que ama.

 Pues, para Él todos viven.

Esta es la victoria definitiva, una mirada en el eje de la vida que es Dios: solo en Él encontramos la razón de nuestro ser.

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