Padre Giorgio PeroniComentario sobre el evangelio que se proclama el vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C, correspondiente al domingo 20 de octubre de 2019. Las lecturas son tomadas del libro del Éxodo 17, 8-13; 2° carta de San Pablo a Timoteo 3,14-4, 2; y, evangelio según San Lucas 18,1-8

Cuando Moisés tenía las manos en alto, dominaba Israel.

Las manos tendidas ya son una oración, la que manifiesta la necesidad que tenemos de Dios. Dios es el baluarte, es el referente. La oración hace subir la mirada hacia el cielo y lo encuentra en una experiencia de comunión.

Toda la Sagrada Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud.

La oración tiene dos momentos: la palabra y el silencio. La una es para comunicar, el otro es para acoger. La Sagrada Escritura es palabra que comunica hoy, es revelación de lo que Dios es, de lo que da y de lo que pide; ilumina el hoy y lo proyecta hacia la eternidad. El discípulo no puede sin Dios, sin su palabra que lo hace sentir cercano.

Para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre.

No es una respuesta al como, sino al cuando y al cuanto orar. La palabra "siempre" nos dice que el ser humano, el discípulo, no puede vivir sin oración, es el aire que le permite la vida, es la luz que ilumina su camino y clarifica sus opciones. El Dios que viene, que siempre viene, necesita oír la llamada, la invitación a quedarse. Ausencia y llamada se unen en un crecimiento del deseo, el don más grande que podamos recibir y la intensidad más honda que sola puede llenar el vacío interior de la soledad humana. Es necesario orar porque la oración produce el silencio de si mismo, la muerte del "yo", único camino que abre la puerta a Dios.

Y sin desfallecer.

Es la palabra que revela la tentación en la oración. La oración no es libre de la tentación, quizás sea uno de los espacios en el cual el enemigo se hace más presente: ¿porqué orar? ¿qué ganas con orar? El que ora aumenta su vacío y su deseo. Es justamente la experiencia de la pobreza, del ser nada, que hace crecer la búsqueda de Dios, que se hace poner en sus manos y te conduce a ser instrumento de su gracia. ¡Todo lo esperas en el que, solo, lo puede todo! Es todo un juego de presencia-ausencia para crecer el deseo de Dios. Esta presencia-ausencia sabe a lucha constante y permanente, por eso no hay que desfallecer.

En cierta ciudad había un juez que no tenía miedo a Dios ni respetaba a los hombres.

Ni para Dios, ni para los hombres, lo peor que pueda existir. ¿No será ésta la tentación más dura de la oración? Un Dios que "no teme a Dios ni respeta a los hombres", ateismo y desprecio del que ora.

Vivía en aquella misma ciudad una viuda.

Es la esposa que se ha quedado sin el esposo, es la Iglesia a la que se le ha quitado el esposo. Solo vive en la espera y en el deseo de despertarse y de encontrarse con el esposo. Le falta lo que la hacía esposa y es el vacío que se hace deseo e invocación.

Que acudía a él con frecuencia.

No le queda más que la insistencia; vacío, deseo e insistencia son los pasos de quien depende totalmente de Dios y no le queda otro camino que ponerse en sus manos. Insistir es creer.

Hazme justicia contra mi adversario.

No puedo salir solo, no tengo con que defenderme; tu eres el baluarte de mi vida: "líbrame del mal".

Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso.

Es la experiencia de quien ora y no tiene respuesta. El silencio de Dios lo hace lejano y hace crecer el deseo, purifica la oración y libera de la imposición del "yo", ilumina la petición y la encamina a la fuente. ¿Porque te quedas en las cosas y no llegas a la raíz del don? La oración te conduce a la persona de Dios, la que es la fuente imperecible de todos los dones. Dios quiere darse a si mismo y te prepara con el silencio y el vacío.

Después se dijo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia".

Esa tentación del "malo" es como una pantalla en la que colocamos nuestras imágenes malas, todas las tentaciones propias de la oración, nuestras insistencias en las cosas y en nosotros, hasta llegar a la liberación más profunda que es la de nosotros mismos.

¿Creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, y que los hará esperar?

¿Cuánto hay que orar? Día y noche, siempre hasta llegar al encuentro con Dios que se quiere dar. Mientras seguimos llenos de cosas y de nosotros, solo cabe el silencio; cuando la casa del corazón está libre y limpia, Dios la llena toda, la esposa encuentra al esposo, está la razón de la vida, encontramos la luz que guía el camino. El silencio de Dios se vuelve la experiencia del alejamiento de la casa y, mientras el deseo no se vuelva regreso, el paso de Dios no es percibido, reconocido, acogido.

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