Padre Héctor HerreraComentario sobre el evangelio que se proclama el 8º. domingo del tiempo ordinario, ciclo C, correspondiente al domingo 3 de marzo de 2019-  La lectura es tomada del evangelio según San Lucas 6, 39-45

Del corazón habla la boca

El que es bueno atesora el bien, el que es malo cosecha maldad. El discípulo está llamado a vivir una vida nueva es lo que nos propone Lc. 6, 39-45

A través de la comparación ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos al mismo hoyo? (v.39). El discípulo no puede ser mediocre. Tenemos que buscar el consejo de personas prudentes para saber discernir, autocriticarnos para reconocer la luz de Jesús. Los guías buenos nos orientarán hacia el bien y produciremos frutos de generosidad, diálogo, transparencia.

“El discípulo no es más que su maestro; cuando haya sido instruido será como su maestro” (v. 40). Aprendemos del maestro lo bueno, lo noble, lo justo. Jesús maestro, convive con nosotros y nos enseña con su testimonio de vida, a lavarnos los pies unos a otros, servicio con amor (Jn 13, 13-15). Nuestro proyecto de vida se encamina a una madurez, en la verdad y libertad. No se trata de conocimientos, sino a valorar nuestra vida y la de los demás. Ser como el maestro es aprender la misericordia, bondad del que sabe compartir y guiar a los demás, aún en medio de la persecución (Mt.10,24-25). Es seguir el camino de la cruz (Mt 16,24-25). Es abrirnos al amor de Dios que nos dio a su mismo hijo (Jn 3,16)

Sinceridad, autenticidad y transparencia es lo que nos exige en nuestras relaciones con los demás. A veces, nos preocupamos de estar atentos a las debilidades del otro, en los que queremos evitar el error en los demás, sin hacernos una autocrítica y caemos en la hipocresía de la falsa corrección (cf. Mt 18,15-20). La corrección fraterna significa caminar, madurar juntos para conocer la profundidad interior nuestra y colaborar con la de los demás.

“No hay árbol sano que dé fruto podrido, ni árbol podrido que dé fruto sano” (v. 43) Por sus frutos nos conocerán. El discípulo está llamado a dar frutos de generosidad, servicio, atención al otro, hacerlo crecer en libertad y responsabilidad. Una vida coherente en los hogares, permitirá una relación sana sin violencia, sin frustraciones. Allí donde existe el diálogo, la escucha y práctica de la Palabra de Dios, ésta se vuelve eficaz y creativa porque mejorara la capacidad de escucha entre padres e hijos. Hay un crecimiento en la libertad y toma de decisiones. Se proyecta a la oración en familia y los valores se profundizan porque nacen desde lo profundo del corazón. El lenguaje es distinto porque aprendemos a valorar a las personas.

“El hombre bueno saca cosas de su tesoro bueno del corazón: el malo saca lo malo de la maldad. Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (v. 45). Decimos que persona de buen corazón, cuando uno es generoso, comparte y busca siempre el bien de los demás. Las primeras comunidades cristianas, tenían un solo corazón y una sola alma, compartían sus bienes en común (cf. Hech 4,32-37). Su manera de vivir y de actuar es un ejemplo para nuestras comunidades de hoy: oración comprometida, desprendimiento como nuestro maestro Jesús. Testigos de la vida, porque dan testimonio del resucitado dando vida a los demás.

Que de la abundancia de nuestro corazón busquemos construir una sociedad más transparente donde los frutos de la honestidad, justicia, verdad, libertad, transparencia sean acogidos por todos para responder a las enseñanzas de Jesús, con un nuevo estilo de vida. (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

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