Padre Giorgio PeroniComentario sobre el evangelio que se proclama el 34° domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C, Solemnidad de Cristo, rey del universo. Las lecturas son tomadas del segundo libro de Samuel 5, 1-3; Carta del apóstol San Pablo a los colosenses 1, 12-20; y, evangelio según San Lucas 23, 35-43.

Somos de tu misma sangre.

El misterio de la encarnación conduce al Hijo eterno a asumir la carne y la sangre humana, al mismo tiempo nos permite alimentarnos de la misma carne y sangre del Señor que se hizo eucaristía. Él se hizo hombre para hacer de los hombres hijos de Dios. Con verdad podemos decir: "somos de tu misma sangre".

Todo fue creado por medio de Él y para Él.

El rey es tal por elección divina. Su mismo ser es autor y razón de la creación. No es solo un servicio, sino el comienzo, el ideal y la meta. Toda criatura se descubre en Él y se realiza en Él. Hay una razón profunda para ser discípulo, una razón que no termina en la conveniencia, sino en la realización, Él es "el camino, la verdad y la vida".

Cuando Jesús estaba ya crucificado.

La realeza del Maestro se manifiesta en la pascua: "cuando seré levantado, atraeré a todos hacia mí". Ya marca el contenido de su ser rey: la cruz es el trono, las espinas su corona. Son los signos de algo distinto preparado por la palabra y que ahora se realiza en la entrega: dar la vida por amor. Toda su vida ha sido un caminar hacia Jerusalén, hacia la pascua.

Las autoridades les hacían muecas.

¿De donde viene la autoridad y como se manifiesta? "Entre ustedes, el más importante sea el servidor de todos". Es una postura y una percepción distinta que plantea la autoridad como servicio, como el dar la vida, o sea, como amor. "Hacen muecas", como quien dice: "lo hemos ganado".

A otros ha salvado; que se salve a si mismo, si Él es el Mesías de Dios, el elegido.

Hay siempre diversidad de indicadores para medir el valor de las personas: mientras el Maestro-Rey mide con el amor y la entrega, las autoridades miden con la fuerza. Si la muerte es consecuencia del pecado (= construir la vida desde uno mismo y en contra de Dios), la única victoria posible es alternativa al pecado y es un estilo contrario al del pecado, es salvar a los hombres, solo así uno se salva a si mismo.

También los soldados se burlaban de Jesús.

Ellos están enseñados a la guerra y la única victoria posible es la muerte del enemigo. Para el Maestro-Rey el camino de la victoria es otro, es transformar a los enemigos en amigos, y eso, solo Dios lo puede. No se trata de multiplicar las armas, sino, más bien, de cambiarlas en instrumentos de paz.

Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: "Éste es el rey de los judíos".

"La salvación viene de los judíos", le dijo Jesús a la samaritana, pero no es patrimonio de los judíos, es para todo el mundo. El pueblo hebreo es el camino y el sacramento de la acción del Hijo de Dios, pero el alcance es para el mundo entero: "en ti serán benditas todas las naciones", por eso el letrero está en griego, latí y hebreo.

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: "Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros".

Jesús vino para los pecadores. Pero eso no puede dejar tranquilos en el pecado. Es necesaria la conversión, la conciencia del pecado y la decisión de entender que hay que cambiar la orientación de la propia vida. ¡No se negocia con Dios! Solo cabe dejarse conducir para experimentar su abrazo.

El otro le reclamaba indignado: "¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio?".

Esto produce el seguimiento del Maestro: los signos son los mismos, pero la lectura es distinta. Aquí hay una decisión que revela un proyecto impensado aunque buscado.

"Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí".

"¿Con que tú eres rey?". "Si lo soy; pero mi reino no es de este mundo". Todos buscamos la salvación, pero, lo que nos separa, es el camino que escogemos para conseguirla. El "buen ladrón" ha encontrado el camino correcto y ha puesto su confianza en el Maestro, Él conduce, como buen pastor, hacia la casa.

Jesús le respondió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso".

Es el hoy de la eternidad, allá donde empezó la vida, allá donde tiene su razón de ser la vida, allá donde encuentra su realización. Si en Caná de Galilea todavía no había llegado su hora, en el altar de la cruz, en el hoy de la cruz, ha llegado su hora, la hora de la salvación: el cielo ya es la casa abierta para acoger a todos.

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