Padre PeroniComentario sobre el Evangelio que se proclama en el vigésimo domingo del tiempo ordinario, del año C, correspondiente al domingo 18 de agosto de 2019. Las lecturas son tomadas de los libros de Jeremías 38, 4-6.8-10; Carta de San Pablo a los Hebreos 12, 1-4; y, evangelio según San Lucas 12, 49-53.

Toma treinta hombres contigo y saca del pozo a Jeremías, antes de que muera.

Nuestra invocación se hace intensa cuando nos sentimos presa de la injusticia y de la maldad, pero Dios no está lejos. La misión del profeta no es agradecer a los hombres, sino proclamar lo de Dios. Es por eso que Dios no puede abandonar a su siervo. El cristiano, sacerdote, profeta y rey por don bautismal, está llamado a realizar su misión de luz y de sal en la historia de los hombres. Si el juicio de los hombres es de condena, el de Dios, es juicio de salvación.

No se cansen ni pierdan el ánimo, porque todavía no han llegado a derramar su sangre en la lucha contra el pecado.

Si la meta es ser como el Maestro, él llegó hasta derramar su sangre por nosotros. La realización de nuestra vocación está en la pascua que no puede ser solo participada, sino asumida y vivida en carne propia. Derramar la sangre es como ser parte activa de la celebración eucarística, memorial de la pascua de Cristo y misterio de amor, "sacramentun caritatis" diría el papa Benedicto.

Jesús dijo a sus discípulos: "He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuánto desearía que estuviera ardiendo!"

"Él bautizará en fuego y en espíritu". Así lo presentó Juan. Es el bautismo pascual que inaugura el juicio de la historia. Ya no un juicio de condena sino de salvación: "vine para salvar a los pecadores".

Tengo que recibir un bautismo ¡y como me angustio mientras llega!

El deseo va a la par con la angustia del huerto de los olivos, amar camina con la entrega y eso solo es posible cuando somos libres totalmente. Libres de si mismo y de las cosas para poder amar en totalidad, para sentirse en el otro; esa es la comunión de vida.

¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo.

Es el príncipe de la paz, pero no de una paz barata. El camino de la paz es el camino del discipulado: "el que quiera seguirme que se niegue a si mismo y me siga". La lucha es cotidiana porque solo en la experiencia de sentirse discípulo todos los días es posible llegar a la paz del corazón.

De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.

En la familia, o sea en el espacio más profundo de vida y de comunión, allí donde nacimos y donde aprendemos a nacer a diario, allí donde aprendemos el nombre de "papá" y nos sentimos hijos, allí donde aprendemos a llamar por nombre a los hermanos y nos hacemos constructores de fraternidad, allí empieza la lucha, allí empieza la pascua, allí inicia la entrega.

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