Padre Héctor HerreraComentario sobre el evangelio que se proclama el tercer domingo del tiempo ordinario A, correspondiente al domingo 26 de enero.  La lectura es evangelio según San Mateo 4,12-23.

Comenzó en Galilea

Mt 4,12-23: Al enterarse Jesús que Juan había sido encarcelado, se retira a Galilea y se establece en Cafarnaúm, junto al lago. Es el lugar del encuentro de los pueblos y las culturas. Se cumple lo que nos dice el profeta Isaías: "El pueblo vio una gran luz" (Is 8,23-9,1-3) y será desde allí donde Jesús comienza su misión, la universalidad de su mensaje y el llamado a sus seguidores. Para su misión necesita seguidores que vivan y practiquen su mensaje.

Jesús es la luz de la esperanza que ilumina a los pueblos. Su mensaje es directo, como el de Juan: "conviértanse porque está cerca el reino de Dios" (v.17. El "reino de Dios" constituye el centro del mensaje de Jesús, es el proyecto de la nueva humanidad: cambiar de vida, mentalidad para acoger la fraternidad que acepta, a Dios como "Abba" o Padre.

Jesús sale a nuestro encuentro. Camina a orillas del mar de Galilea. Allí comenzará los orígenes del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, con humildes pescadores. Ve a Simón, llamado Pedro y Andrés su hermano (v. 19). Les dice: "vengan conmigo y los haré pescadores de hombres. Algo nuevo ha comenzado. Toma distancia de los rabinos o maestros judíos. Es el quien elige a sus discípulos. La respuesta es incondicional. Es de un total desprendimiento. Es acoger una vida y una práctica nueva de conducta. Luego llama a Juan y a Santiago hijos de Zebedeo (v.21-22). La respuesta es rápida, como debe ser hoy en nuestra vida de creyentes. Es acoger la persona de Jesús y seguir su estilo de vida.

Seguir a Jesús es consagrar nuestra vida por el reino de Dios. Estamos llamados a compartir la vida y la misión del maestro. Vivir nuestra vocación cristiana: el seguimiento a Jesús es construir el reino del amor y de la defensa de la vida en todas sus dimensiones. Nada de lo humano o que pueda afectar la vida y la historia del ser humano es ajena al cristiano.

El espíritu nuevo que anima a los cristianos es el espíritu de Jesús, "Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y la plenitud de la vida. Y necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle" (DA. 41).

El reino de Dios que Jesús anuncia es luz y sanación, haciendo la voluntad de su Padre, porque el Espíritu de Dios estaba en Él. Su Palabra es vida concreta en nuestra historia: cuando los hambrientos sean saciados, los pueblos originarios respetados, todos sean reconocidos, como iguales ante Dios y ante la humanidad.
El reino de Dios está en medio de nosotros. Basta abrir los ojos y el corazón para dejarnos iluminar por la fuerza de su Palabra y descubrir que como cristianos hemos entrado en una comunidad para conocer y descubrir a Jesús, como signo de comunión. Por eso nuestras comunidades cristianas serán creíbles, si tenemos el mismo pensar y sentir de Cristo (1 Cor.1,10). Donde hay división y discordias, no está Jesucristo. Sólo la búsqueda en conjunto del amor y de la misión nos hará mensajeros creíbles de Jesús. (Fr. Héctor -Herrera, o.p.)

 

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