Padre Hector HerreraComentario dialogado sobre el evangelio que se proclama en la solemnidad del Domingo de Ramos, ciclo C, correspondiente al domingo 14 abril 2019. La lectura es tomada del evangelio según San Lucas . 22,14-23,56

¡Bendito el que viene!

Con el Domingo de Ramos, comienza la Semana Santa. Tiene dos partes: Domingo a miércoles Santo, fin de la cuaresma y el Triduo Pascual (Jueves, Viernes, Sábado-Domingo de Resurrección). El pueblo sencillo le aclama ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! (Lc. 19,38). El profeta Isaías había anunciado al «Mesías», el ungido, siervo, enviado de Dios, venía a proclamar la salvación de Dios, a instaurar en la tierra “el derecho y la justicia”.

Son los sencillos como hoy, proclaman a un mesías humilde, montado en un burrito como lo describe el profeta Zacarías (Zac 9,9 ss). Ese grito hosanna, libéranos, hiere la soberbia de las autoridades políticas y religiosas, quienes ya habían tramado su muerte. Y se iban a servir para cumplir con su propósito de uno de sus discípulos.

Jesús es consciente que iba a correr la misma suerte de los inocentes a través de la historia, de los que son un obstáculo para el pecado encarnado en las formas de vida injustas. Antes, nos da una hermosa lección a sus discípulos, cuando comparte el don de la cena: Él se entrega como comida y bebida. Aún más nos enseña que Él, don del amor y misericordia de Dios, ha venido a servir y no a ser servido. Este amor es tan fuerte hasta la muerte. De allí la diferencia del comportamiento de los discípulos: nuestra conducta no debe ser la imposición o el dominio sobre el otro, sino el servicio con amor. La solidaridad como una entrega constante y generosa. ¡Cuántas enseñanzas profundas nos da la pasión, el juicio y la muerte de Jesús!, cuando miramos a los enfermos terminales.

Semana Santa comienza con la aclamación de la vida y libertad y culmina con la resurrección el triunfo de la vida sobre la muerte y contra toda injusticia que niega la vida.

Lucas 22,14-23,56, muestra la gran misericordia de Dios, en Jesús, víctima del poder religioso y político, traicionado por uno de los suyos. Un pueblo que lo aclamaba, ahora manipulado por los poderosos pide su muerte. Camino al patíbulo de la cruz, siente compasión por las mujeres, no lloren por mí, sino por ustedes. En la cruz, siente compasión y misericordia por el reo que le pide acordarse de él en su reino. Encarga a su madre que sufre, a Juan como su hijo. Nos enseña a acoger al que sufre, a la viuda, al huérfano, al migrante, a las víctimas de la contaminación. He ahí a tu madre y hermanos, dales vida. Porque Yo soy la vida. “Yo vine para que tengan y la tengan en abundancia” (Jn 10,10)

Seamos pastores unos de otros, que cuidemos la vida en todos sus procesos, como Jesús el Buen Pastor “yo doy la vida por mis ovejas” (Jn 10, 15)

Tenemos que ser como Jesús, con la ternura de Dios, que acompaña y protege al enfermo, a la madre que tiene un hijo desaparecido, a las que sufren diferentes formas de muerte lenta, a veces por la TBC, la falta de posibilidades para vivir. A ellos no podemos negarles nuestro amor. Ellos como Jesús desde su cruz claman por sed de amor, verdad, compartir. Él sabe que la pasión no termina en la muerte. Por eso se pone en las manos de Dios “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23,46). Su muerte será el triunfo sobre el egoísmo y las diversas esclavitudes del hombre, para mostrarnos que hay una

nueva vida, cuando resucitamos con El para amar como Él nos amó.(Fr. Héctor Herrera, o.p.)

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