Padre Giorgio PeroniComentario sobre el evangelio que se proclama en la solemnidad del Bautismo de Jesús, en el domingo posterior a la Epifanía, correspondiente al domingo 13 de enero de 2019.  Las lecturas son tomadas de los libros Is. 42, 1-4.6-7; Hec. 10, 34-38; y del evangelio según San Lucas 3,15-16.21-22.
Comentario del padre Giorgio Peroni

Bautismo de Jesús.

Es siempre un proceso pascual.

Estamos en el Jordán, un río que hay que cruzar, un río que nos coloca en el paso del mar Rojo, el paso de la liberación, allí donde el agua se hace camino de liberación para el pueblo de Dios y lugar de muerte para el opresor egipcio.

Estamos en el Jordán, el río que hay que cruzar con la intervención divina para llegar a la tierra de promisión, la tierra que es don del Señor, la tierra que se hace casa del pueblo elegido, casa del pueblo porque tiene en sí la casa de Dios, Jerusalén con el Templo.

Es el lugar más profundo.

Allí donde la tradición coloca el lugar del bautismo, donde Juan se encuentra y presenta al Señor, es el lugar más bajo, más profundo donde hay vida humana, un lugar a 400 metros bajo el nivel del mar. Jesús, el hijo que es Dios como el Padre, deja el cielo, se hace hombre y llega a lo más profundo de la realidad humana, allí donde se experimenta el drama del pecado para liberar del pecado. El que no ha conocido pecado se hunde para hacer subir a quien era incapaz de subir.

Aquí está mi siervo al que elegí.

La promesa siempre hace referencia a alguien o a una situación: el Mesías es un elegido, es el siervo elegido, el que carga con una misión y con un servicio. No se trata de excluir a los demás, sino de encontrar al que pondrá su vida a servicio de los demás. El que se sienta privilegiado es quien no percibe lo novedoso y lo profundo de la elección divina porque en la lógica del Señor el elegido tiene que ser el siervo de todos. La misión parte de allí, del servicio, para llevar el "derecho a las naciones", para que triunfe la "justicia de Dios", su bondad, su salvación. Es así como entendemos que para Dios no hay casos perdidos ya que el elegido será luz de las naciones.

El bautismo es para toda la humanidad.

Cuidado con pensar que Dios haga discriminación de personas.

Él es Padre y el padre no hace preferencia entre los hijos o, si la hace, es para recuperar, para salvar al hijo que ha salido de la casa.

Es así como entendemos la descripción de la vida de Jesús, el que pasó haciendo el bien, el que optó por los pobres, los marginados, los pecadores: es el enfermo el que necesita del médico.

El nombre de Jesús refleja la verdad de su misión.

Es posible que el ministro-misionero sea confundido por el Mesías.

Cuando la espera es grande, el riesgo de confundir se hace más fuerte. La expectativa del Mesías era para la espera de un mundo nuevo, de un mundo sin dictaduras, sin abusos, sin violencia, de un mundo de paz, era tal que, el testimonio de Juan, que la palabra de Juan, reflejaba la imagen del legislador intransigente.

¿No sería él el Mesías? Para el mal, para el pecado, ya no habría espacio.

Pero, Dios no es así.

El Dios que se manifiesta en Cristo será un Dios que salva con el amor, en Él se encontrarán los pecadores y los pobres y oirán la voz que asegura: "hoy estarás conmigo en el paraíso".

Cristo, el Mesías que no tiene pecado, se bautizará con el bautismo de agua, con el bautismo de arrepentimiento, en solidaridad con todos los pecadores y se donará como instrumento de gracia en el nuevo bautismo, el del Espíritu y del fuego.

Una diferencia substancial entre el bautismo de Juan y el de Cristo.

Con el bautismo de penitencia Jesús se pone a lado de los pecadores; no juzga, no grita, no condena, no desprecia. Se solidariza con su condición de esclavo y con ellos recorre el camino que conduce a la libertad. El bautismo de Juan es así, es el comienzo de un camino con Cristo. Es con Cristo que se abre la puerta de la oración; el Espíritu viene sobre Jesús mientras ora, mientras va descubriendo la voluntad del Padre, es en la oración donde se ilumina el camino.

Es en ese momento en que se abre la puerta del cielo, en que el Espíritu, en forma de paloma, está en Cristo, en que la voz del Padre se deja oír.

Este es el bautismo de Cristo, el que purifica con el fuego, el que da la misma vida divina con el Espíritu Santo y así la oración se vuelve la revelación de la voluntad del Padre.

El mismo Padre presenta a su hijo Jesús.

El momento del bautismo es así la revelación de la identidad y de la misión del Mesías: el hijo es tal porque es como el Padre, actúa como el Padre; es el hijo único y predilecto, como el hijo de Abrahám, en él se complace el Padre porque en él se realiza todo el proyecto de Dios, proyecto de gracia y de salvación.

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Padre Giorgio Peroni

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