Sexto Domingo de PascuaComentario dialogado sobre el Evangelio que se proclama en el sexto domingo de Pascua, ciclo B, correspondiente al domingo 9 de mayo de 2021.  La lectura es tomada del Evangelio según San Juan 15, 9-17

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” 

- Aquí hay una frase fuerte: "No hay amor más grande que el de dar la vida por los amigos". ¿Conoce algún caso parecido?

Y tanto nos amó Dios que nos entregó a su único Hijo para que nos salvemos nosotros. Se parece a lo que vi en la película “El Puente”.

 <Érase una vez un hombre, que tenía un hijo al que amaba entrañablemente. El hombre era encargado de un puente levadizo, por donde pasaba el ferrocarril. Cuando un barco pasaba por el río, debía poner la luz en rojo para que el ferrocarril se detuviera, y debía mover la palanca que levantara el puente levadizo.

 A su hijo le encantaba ver los trenes, y mirar a las personas que viajaban en él, y que en cierta forma dependían de su padre: unas se sentían solas, otras estaban disgustadas, otras eran egoístas, otras sufrían, algunas se pinchaban con la droga.

 Un día ocurrió un error trágico: el maquinista del tren no se dio cuenta de que el semáforo estaba en rojo, y siguió adelante, cuando ya el puente levadizo se iba levantando.

 El niño gritó a su padre, quiso bajar la palanca para bajar el puente levadizo, pero resbaló y cayó a la vía del tren. El tren lo aplastaría.

 El padre tuvo que decidir en segundos: o su hijo se salvaba pero morían todos, o todos se salvaban pero su hijo moría aplastado por el tren.

 El padre tomó esta segunda decisión: su hijo murió, pero todos los pasajeros del tren se salvaron, y muchos ni se dieron cuenta del drama.

  Es la película ‘Most’, palabra checa que significa “Puente”. Es una película nominada para el Oscar, que se puede ver en www.mostthemovie.com; También en www.jesucristotv.com/public/puente). (Eastwind Films).

 “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único” (Juan 3, 16).

 En el texto del evangelio hay varios que aman: el Padre, Jesús, la gente. ¿Quién amó primero?

Es como la muñeca rusa, que es esa colección de muñecas, en la que la más grande contiene dentro de sí muñecas cada vez más pequeñas.

Jesús dice: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”. Hay un círculo de amor:  “El Padre ama a su Hijo Jesús (cf. 3:35; 17:23), y Jesús ama obedientemente al Padre (cf. 10:17; 14:31); Jesús ama a sus seguidores, y ellos han de amarle y obedecerle (cf. 13:34; 14:15, 23); si amamos y obedecemos a Jesús, seremos amados por el Padre (cf. 14:21, 23; 17:23); ser amado por el Hijo también implica amarse uno a otro (cf. 13:34; 15:12, 17); Dios no solo ama a los discípulos, ama a todos en el mundo y dio su único Hijo por su pueblo (cf. 3:16)”. (Borchert). Por lo tanto, todos/as hemos nacido del amor materno-paterno de Dios. Y sólo podemos vivir y desarrollarnos bajo el calor de este amor.

Así lo entendió el jefe indio en la historia de “El hermano del jefe indio”.

<Un joven misionero, predicando a los indios, les dijo que Dios era amor, era nuestro Padre. Cuando terminó de hablar, el jefe de la tribu le preguntó:

“¿Usted llamó ‘Padre’ al gran Espíritu?”

- Sí, dijo el misionero.

- “Nosotros nunca llamamos al gran Espíritu ‘Padre’, dijo el viejo jefe. Nosotros lo oímos en el trueno, en el relámpago, en la tormenta y sentimos mucho, mucho miedo. Cuando usted lo llama ‘nuestro Padre’ suena muy bien a nuestros oídos. Así que, misionero, ¿Dios es Padre de Usted y Padre de los indios?”

- Sí, le contestó el misionero.

- “Entonces, exclamó el viejo jefe, como quien despierta a una gran alegría, entonces usted y yo somos hermanos”.> (Félix Jiménez, escolapio)

 Hasta aquí la historia del jefe indio.

 Pero así llama Jesús a sus discípulos después de la Resurrección: ‘hermanos’.

Y, al despedirse de ellos, les dice: «Permanezcan en mi amor». No se trata sólo de pertenecer a una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor.

Permanecer en el amor de Jesús consiste en cumplir el mandato del amor fraterno: «Éste es mi mandamiento; ámense unos a otros como yo les he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos y normas. Sólo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío».

Y amar para Jesús sólo significa una cosa: darse al otro.

Amar para Jesús es ser para otra persona, actuar para otra persona, aunque sea a cambio del sacrificio propio.  La obra suprema de amar es dar la vida por otro (v. 13).

Un buen ejemplo es el amor de la madre. Ella se da al hijo, es para el hijo, aunque éste sea pequeño y esté enfermo, y sólo le cause problemas.

Por cierto, el amor responde a una profunda necesidad del corazón humano. Sólo el camino del amor puede conducirnos a la plenitud de la vida.

 Jesús termina diciendo: No son ustedes los que me han elegido; soy yo quien les he elegido; y les he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto dure”. Esto es el colmo del cariño, ¿no? ¿Cómo elige Jesús a sus discípulos?

Los discípulos no son una maravilla. Son lentos – de cabeza dura – débiles de fe – a veces dudan. Pero el crecimiento de la Iglesia durante el siglo primero demuestra que Jesús escogió bien – o los capacitó bien, sobre todo con el Espíritu Santo en Pentecostés.

 Jesús dice: “Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud”. ¿Cómo es la alegría que viene de Dios?

Esta alegría no es superficial ni inestable. El mandato del amor será como una fuente continua de alegría. Con el amor de Jesús tendremos un cristianismo más abierto, entusiasta, cordial, alegre, sencillo y amable, donde podamos vivir como «amigos» de Jesús.

La alegría de Jesús es la alegría que surge de una obra cumplida.  Es una alegría creativa, como la alegría que siente el artista al completar su obra. 

Es la alegría de una vida disciplinada, como la alegría de un atleta después de ganar una carrera difícil.  Ese atleta puede tener callos en los pies o músculos doloridos; pero, al experimentar la alegría de la victoria, todo eso importa poco. 

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José Martínez de Toda, S.J. (martodaj@gmail.com)

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