Mar 10 2011
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Por: Frei Betto

Oigo el silbato que pone alerta a la batería, el repicar de los tambores, el golpeteo metálico de los panderos, el estruendo del bombo, el gemido agónico de la zambomba, el estremecimiento rítmico de los demás instrumentos. Sé que es el carnaval. Fiesta para trasvestirse en lo que no se es, euforia inescrupulosa, desnudar el cuerpo y el alma al descompás de los pies movidos por la samba, levantar los dedos de las manos mientras el cuerpo se voltea al son de las marchas.

Mi carnaval es otro. No el del repudio moralista a la desnudez inducida para la televisión. Ni el de las escuelas de samba en la revelación épica de cómo la historia puede ser contada por una versión onírica. Ni el de los bailes en donde máscaras y fantasías traducen mejor lo que somos, sin disfraces.

Mi carnaval es espiritual. En él resuenan sonidos abisales. Hay un cortejo de virtudes que ejercen sobre mí miedo y fascinación. Hay una fila de arlequines y payasos cuya alegría deja ensimismada mi falta de valor para dejarme llevar. Hay un baile en el salón profundo de mi subjetividad en el que, sin máscara, se refleja mi verdadera identidad.

Mi carnaval es pura orgía. Porque me recojo en la alcoba de la desnudez total y convoco al trío: el Padre, que es más Madre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ebrios de amor atravesamos las madrugadas en impúdico bacanal espiritual. A las primeras luces de la alborada ya no sabemos quién es uno y quién es otro. Todos somos imagen y semejanza de uno y de otro. Sumergidos en una resaca mística.

Mi carnaval no tiene la elegancia de las formaciones en marcha, la apoteosis majestuosa de las carrozas alegóricas, el esplendor de los concursos en que desfilan emperadores y ninfas. Es una fiesta en la que el espíritu se libra de toda fantasía y se exhiben las verdades más atroces.

En él me cubro de serpentinas y de lentejuelas para aliviar el don inefable de saberme morada divina. Hago cuenta y caso de que apenas soy lo que aparento, aunque expuesto íntimamente a la pasarela repleta de gente que asiste, extasiada, al desfile sorprendente de las bienaventuranzas.

Circulo por los salones vestido de payaso. De ese modo puedo reírme de los señores llenos de certezas, de los que piensan que la vida tiene más respuestas que preguntas, de quien hace de la existencia un mero aderezo de su propia vanidad, sin intentar nunca la comunión amorosa con la naturaleza, el prójimo y el maestresala que hace bailar el universo como una joven mulata de snuda exhibiendo su lindo cuerpo salpicado de galaxias brillantes.

Mi carnaval no se reduce a tres días. Se extiende por toda la vida, hasta culminar en la apoteosis que hace de lo radicalmente humano su divina plenitud.

Mi carnaval es creer que el reinado de Momo es anuncio del futuro que nos aguarda, cuando se secará toda lágrima, cesará todo lloro, se apagará todo luto y se acabará toda nostalgia. Porque Él será todo en todos y las puertas de su reino, abiertas de par en par, acogerán a todos en el eterno amor que cautiva, que arrebata, que transustancia, como benéfico fuego que nunca quema ni se apaga.

Fuente: http://www.freibetto.org

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