“He visto la opresión de mi pueblo”: la historia de los hombres no es indiferente para Dios; todo lo que ocurre llega al cielo, la casa de Dios y mueve el corazón del Padre. La opresión, así como la sangre, saca de lo profundo de su corazón la decisión de intervenir, de hacerse liberación, de hacerse alianza. Estos temas, son sagrados, piden “quitar las sandalias” porque no hay como sustituirse a Él, solo cabe ser signo, ser sacramento de su obra salvadora. Pero no olvidamos que sacramento es responsabilidad de efectividad y de transpariencia.

La mayoría de ellos desagradaron a Dios: la llamada de Dios, la vida del pueblo elegido, no se conforma con ritos y gestos, es precisa una respuesta hecha vida y hecha historia, hecha alianza y hecha misión transformadora. La vida marca la verdad del discípulo.

Es así como la cuaresma se hace un proceso de liberación, desde la conversión del corazón hasta la transformación de las estructuras de pecado que solo provocan lágrimas, dolor y muerte.

Algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron.

“Adonde vamos a ir, tu solo tienes palabras de vida eterna”. Ir donde Jesús para contarle la vida y la historia: si Él es el referente y la razón de nuestra esperanza, no queda más que eso, ir donde Él y contarle todo cuanto pasa y no tiene razón de ser si Él no nos ilumina.

Si ustedes no se arrepienten, perecerán de la misma manera.

El arrepentimiento es el paso para la conversión. Si no te das cuenta de la falta, si no te das cuenta que “en la casa del padre” los trabajadores viven mejor, que lejos de la casa no tiene sentido la vida, que solo se desgasta, nunca emprenderás el camino del regreso. Pero también el arrepentimiento es don, necesita ser reconocido el pecado y reconocido como pecado y eso solo lo puede quien se pone a la escucha del Maestro.

Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo.

El tema de la viña y de su dueño, es muy significativo en la Biblia, marca una relación no solo de propiedad sino de atención, de cuidado y de cariño. Es en ese contexto que la parábola asume un contenido rico de revelación.

Fue a buscar higos y no los encontró.

El amor no puede dejar inmóvil, es semilla que exige respuesta no solo de palabras bonitas, sino más de frutos de bondad y de amor. Sin frutos queda sin valor el don, la vida, la creación, el proyecto de Dios.

Dijo entonces al viñador: “Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala”.

¿Será posible que Dios se haya equivocado en crear al hombre? ¿Dónde está el problema? Dios es paciente, son tres años que espera y que busca, son tres como los días en el sepulcro, un tiempo suficiente para despertar a la vida, al amor.

El viñador le contestó: “Señor, déjala todavía este año”.

No sabemos si la dejará un año más. Lo que es cierto es que no hay como dejar sin respuesta al amor.

Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto: Dios toma parte del esclavo y es su libertador. Si entendiéramos que la presencia y la acción de Dios en la historia humana es la garantía de nuestra liberación, no tendríamos tanto miedo a que Él se metiera con más decisión en nuestra vida.

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