El que vive según Cristo es criatura nueva: Cristo revela el proyecto de Dios sobre el hombre y, al mismo tiempo, la repuesta que el hombre está llamado a dar. Pensados desde la eternidad y amados desde siempre, los hombres nos construimos haciéndonos como Dios nos revela y nos revela haciéndose él mismo hombre en la persona de su Hijo encarnado. Criaturas nuevas por el camino de la reconciliación que se nos ofrece en Cristo y que se nos da como ministerio.

La cuaresma es camino de reconciliación, es tiempo de experiencia vivida en carne propia para asumir el ministerio que reconcilia y que hace nuevos a los hombres. Pero, ¿qué es la reconciliación? La parábola del Padre Bueno nos lo revela.

Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo.

Quien no se siente pecador no siente la necesidad de acercarse a Jesús. Acercarse a Jesús es posible porque Él primero se acercó a nosotros.

Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre si.

Es peligroso sentirse buenos, no necesitar de nadie porque lo que pasa es que solo nos confrontamos, juzgamos y condenamos.

Un hombre tenía dos hijos.

La realidad del hijo es ser y saberse don: otro u otros te aman y por eso eres.

El menor de ello le dijo a su padre: “Padre dame la parte de herencia que me toca”.

Cuando se pierde la dimensión de hijo, solo se reclama y se reclaman cosas. La vida asume el valor de las cosas que se tocan y que se cuentan. El horizonte es tan pequeño como la materia y la vida se vuelve servidora de las cosas.

El hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allí derrochó su fortuna.

Ya el lenguaje es el nuestro: somos dueños y patrones de las cosas que pierden el sentido de don. A más somos malos administradores porque nos hacemos esclavos y, el mercado, acaba con todo. “Los hijos de las tinieblas” son más hábiles y nos terminan.

Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos.

¡Hasta donde llegas cuando pierdes la dimensión de hijo!

Se puso entonces reflexionar.

Vuelve la dimensión de hijo, aunque todavía no hay conciencia hasta donde puede llegar la dimensión de padre. La desilusión de la propia decisión de vida conduce a entender lo de antes: volver a la fuente para darse razón del camino.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre.

Es un caminar “de vuelta”, amargado por la experiencia, esperanzado por encontrar una respuesta, todavía incapaz de imaginar lo que pasará. Pero es un caminar hacia la casa del padre: casa y padre marcan la fuerza de la esperanza.

Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.

Los verbos marcan toda una historia de profundidad de lo que es amar, de lo que es ser padre, de lo que es reconciliar, de cómo es posible ser “criatura nueva”. La primero experiencia de la paternidad, no pudo conducir al hijo a la conciencia que la vida como don y amor, la reconciliación es una segunda generación que habla mejor. El ver, el enternecerse, el correr, el echar los brazos, el cubrir de besos… solo falta la entrega de la vida, hecho que se hará verdad en la pascua. La paternidad es fruto del amor que se da, por eso es más fuerte que el amor que se recibe, es una razón de vida y engloba todo.

Traigan la túnica… pónganle un anillo… traigan el becerro… comamos y hagamos fiesta.

Nacer de nuevo tiene el contenido de volver a la casa, de sentarse a la mesa con la dignidad renovada y partícipe del banquete. Todo es fiesta, todo es parte nuevamente de la vida que es dada y que se da. Por fin el valor no se mide con las cosas, con la herencia exigida aunque no debida, todo vuelve al cauce del amor que es más grande que la huida. Ya es signo de la victoria sobre la muerte, porque “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos.

La música y los cantos no son signo de casa y de fiesta, todavía él también mide las cosas más que las personas, él también todavía no ha llegado al amor como razón de la vida.

Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo.

Cuando el signo no se vuelve sacramento, solo se queda en la dimensión de las cosas y, el hermano, es el competente, el que te quita parte de lo que piensas tuyo, el que pone límites y barreras a lo que piensas se te debe. Allí no hay espacio para la fraternidad y, si no hay fraternidad, tampoco hay paternidad.

El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Si el corazón está frío, se cierran las puertas de la casa y el enojo llena la vida.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara.

El que es el dueño se hace el que pide, el que toma la iniciativa y va al encuentro, el que ruega como si tuviera que pedir perdón. Así es el amor del padre, no tiene medida.

Pero él replicó: “¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya…!

Sirvo, obedezco, como los siervos. Todavía no ha llegado a entender que es hijo, que “todo lo mío es tuyo”. Se ha quedado en las cosas y no ha llegado a la casa, por eso no ha encontrado al hermano.

El padre repuso: “Hijo, tu siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida”.

Se trata de percepción y de visión distinta, opuesta. ¿Cuál es el fin de la vida y de la creación? No está en contar y negociar cosas, sino en hacer familia, en construir fraternidad y eso solo es posible al sentirnos hijos amados.

Así es como Dios nos reconcilia consigo.

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