Parece ser un rechazo a la dimensión humana e histórica de nuestro ser, pero no es así, cielo y tierra se han encontrado. Sí, eres polvo, pero no solo polvo, el aliento de vida ha entrado en ti y te ha hecho vivir. Más todavía, “a los que lo recibieron, les dio el poder ser hijos de Dios”. Somos ciudadanos del cielo por don y por una misión en la tierra.

Abrán creyó: la fe tiene el contenido de la confianza. Salir de la autosuficiencia personal para apuntar a lo que dice Dios, salir de la mirada del polvo y del suelo para abrir los ojos al cielo. En esta historia de unidad entre cielo y tierra, la tentación es de quedarse fijos en el suelo y perder la inmensidad y la luz del cielo. ¿Porqué quedarse tan solo en lo pequeño y sin futuro del polvo cuando la eternidad del cielo está a tu alcance porque así te quiso Dios?

Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos que venga nuestro salvador, Jesucristo: el punto de partida es siempre don, sabe a gratuidad, a iniciativa divina que busca y “espera el de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa (Benedicto XVI)”. La cuaresma nos hace caminar hacia “el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste” que, en la cruz, nos revela la voluntad de “reconquistar el amor de su criatura” (Benedicto XVI).

Siguiendo esta línea nos adentramos en la lectura del evangelio.

Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan.

Al Dios-Padre se lo encuentra y se lo reconoce mejor en familia. La presencia de los tres tiene un sabor a llamada, a respuesta, a fatiga cotidiana para construir la comunidad, la familia en la que nos sentimos y nos hacemos hermanos. No son santos, los tres, son lo que son, como nosotros somos lo que somos, pero Él nos llama y nos ama así.

Subió a un monte para hacer oración.

Es allí, donde la mirada alcanza lo infinito de la luz, donde es más fácil encontrarse y reconocer al Padre. Orar, “estar a solas con quien sabemos que nos ama (S.ta Teresa)”, sabe a intensidad de vida íntima y a experiencia renovada y renovadora de la voluntad del Padre.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto.

Saberse y sentirse amados cambia el rostro, lo hace nuevo, te hace leer la intimidad más honda y verdadera del ser humano, hechos y llamados a ser divinos en la historia. Es difícil entender, pero así es, tu meta y tu realización está más allá de la apariencia del polvo y de la finitud de la muerte. La pascua será la puerta de ese camino.

Aparecieron, conversando con Él, dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías.

Todo dice relación a Él y encuentra su realización en Él. La promesa, la alianza, la palabra, el profeta… no hay nada a-fuera de Él. La conversación refleja la ida y vuelta entre el cielo y la tierra, ida y vuelta de comunicación y de comunión.

Y hablaban de la muerte que les esperaba en Jerusalén.

Es el tema más radical y decisivo de la historia. La muerte, consecuencia de la opción del pecado se ha hecho el drama, la absurdidad de la vida creada para la eternidad. Pero ya se abre una esperanza, la muerte como don, como el signo más grande de amor, como regalo definitivo del que está por encima de nuestro pecado, del que nos ama más allá de nuestro pecado.

Vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con Él.

“Cuando seré levantado, atraeré a todos hacia mi”. El cielo es parte de la vida y la historia es el lugar de la respuesta al que invita. “Estar” tiene el contenido de asumir, de hacer propio lo del Maestro, y el Maestro participa lo propio a quien está.

Pedro le dijo: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí”.

Cuando logras entrever la meta, corre el riesgo, la tentación de quedar. Pero no puede ser así, queda la misión, queda la fatiga de lo cotidiano, queda por vencer el cansancio de la misión, queda por entregar la vida.

De la nube salió una voz que decía: “Éste es mi hijo, mi escogido; escúchenlo”.

La nube, signo de la presencia de Dios, cede el puesto a la palabra, hay una unidad entre la palabra pronunciada y la Palabra hecha vida. Jesús es el Hijo, la misma vida de Dios está en Él y “quien me ve a mi, ve al Padre”.

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