Abr 5 2009

Estamos ya en la Pascua, el momento cumbre del Evangelio y de la historia, del Evangelio porque aquí encontramos la revelación más honda y definitiva del Hijo de Dios, Palabra hecha carne, y de la historia porque desde aquí se abre la posibilidad de una nueva Alianza y de un futuro de vida. Aquí encontramos el gran signo del amor porque “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” y, mirando al que es condenado a una muerte de cruz, descubrimos el don más grande. Con Juan hacemos una lectura de la muerte partiendo de la resurrección.

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Estamos entrando en el misterio pascual. No se trata de un recuerdo sino de una actualización; hoy es la pascua ya que el tiempo es todo y siempre un “hoy” de la acción del Hijo de Dios. La eucaristía es el Sacramento de la pascua, signo y realidad de la entrega que “diviniza” quien abre la puerta de la vida a la presencia del Señor.

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Si hacemos una lectura histórico-sociológica del tema de la cruz, solo llegamos a entenderla como el suplicio más cruel, reservado a los esclavos, a los bandidos, a los delincuentes más violentos, sería la destrucción de la misma dignidad de la persona.

Los cristianos nos decimos seguidores de un Crucificado. ¿Es algo racional?

Estamos cerca del momento decisivo y solo el Hijo único se encamina con claridad, más todavía tiene claro el panorama que “levantado, atraerá a todos”. Pero la muerte es siempre tentación y drama: “¿Qué le voy a decir a mi Padre?”. ¿Será que el Padre conduce hacia este momento, el momento de la muerte? Las noches pasadas en oración han conducido a la comunión y a la certeza que el Padre es la fuente de la vida, Él no puede conducir a la muerte como conclusión del proyecto, Él conduce a la resurrección y no puede haber resurrección si no hay muerte, muerte como don de amor.

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Somos invitados a poner nuestra mirada al Cristo en la cruz; la pascua pasa de allí. ¿Qué encontramos en la cruz? ¿Es el fracaso de la vida? ¿Dios no pudo frente al pecado del ser humano?

Para los sumos sacerdotes y los escribas era la conclusión victoriosa de su contraposición al Mesías y el término de la esperanza de sus seguidores.

Para el Padre que había enviado a su Hijo es el signo más grande del amor y, para el buen ladrón, es el camino del perdón y la certeza de poder estar en el cielo.

La religión nace y crece en el corazón. No es un asunto de templo sino de personas. El templo es el signo de lo interior y cuando no hay esa unidad se vuelve hipocresía.

Hablar de penitencia, ayuno y sacrificio, en muchos produce sorpresa y sonrisa irónica. No hay espacio para palabras y menos para valores de este contenido. Todo lo que sabe a sacrificio, a renuncia, a compromiso total y de siempre, con dificultad es entendido y menos todavía asumido. Decir todo y siempre, da miedo.

Dios da un regalo y Dios pide un regalo. Lo que da y lo que pide no es el don de algo, sino el don de su Hijo único y pide el don de nuestra vida entregada a los hermanos.

Cuaresma, cuarenta días para llegar a la Pascua de Resurrección.
Un camino y no solo una mirada.
Un presente con raíces en el ayer de la historia.
Hoy Cristo se nos revela, nos manifiesta el rostro de Dios, quiere resucitar en nosotros.
Hay que caminar como Iglesia porque, donde “dos o más se reúnen en mi nombre, yo estaré con ellos”.
Hoy somos llamados a vivir la Pascua que es la pasión, la entrega y la resurrección: mirar al Hijo de Dios en la Pascua para ser ´parte con Él de la Pascua.

El perdón, un don que se multiplica, fruto de gratuidad, de amor infinito. En la cultura humana somos enseñados siempre a conseguir algo pidiendo o intercambiando cosas o favores; con Dios no hay esta metodología, allí el don el total y absoluto: nadie pide nacer y, menos, da a cambio algo por el don de la vida, todo es gratuito y empieza desde la gratuidad que produce conciencia, responsabilidad, respuesta.

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¿Es posible catalogar a los hombres en dos categorías, la de los buenos y la de los malos? ¿Es ésta la visión de Dios? Y cada uno de nosotros, ¿dónde se coloca? Y ¿dónde se coloca Dios? Es una tentación permanente que nos acompaña para definir y justificar la separación entre los seres humanos y para mandar sacando de nuestra relación y cariño a los que no son de nuestro lado pensando también que Dios, ciertamente, está con nosotros y que excluye de su relación y amistad a los demás.

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