martinezComentario dialogado al Evangelio que se proclama el 26° Domingo del Teimpo Ordinario, Ciclo A, correspondiente al domingo 21 de octubre de 2017.  La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 21,28-32.

Voy

Noto que Dios me llama. ¿Cuál es la mejor respuesta al llamado de Dios?

Jesús nos cuenta hoy una parábola, que bosqueja dos respuestas al llamado de Dios.

<Un hombre le dijo a su hijo: “Hijo, vete a trabajar hoy a la viña”. Éste le contestó: “No quiero”. Pero después fue.

Se acercó al otro hijo y le dijo lo mismo. Y él le contestó: “Voy, papá”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?>

Los sumos sacerdotes respondieron: “El primero”

En realidad los dos hijos son muy imperfectos… Ninguno de ellos es el tipo ideal de hijo que le daría un gozo completo a su padre…, pero el que al final obedeció fue mucho mejor que el otro.

¿Cuál es tu mejor hijo?

¿A quiénes aplica Jesús esta parábola?

Jesús distingue dos tipos de personajes.

El primer hijo representa a los recolectores de impuestos, las prostitutas, la gente sencilla y sin pretensiones intelectuales… Sus vidas aparentemente son un ‘no’. Pero todos ellos van delante al reino de Dios.

No es que Dios vaya a ignorar sus caminos pecaminosos, pero éstos son más candidatos para el arrepentimiento y, por lo tanto, para la salvación.

Ellos comienzan reconociendo que son pecadores. Y así cuando Juan el Bautista llamó a la gente a arrepentirse y convertirse, los recaudadores de impuestos y las prostitutas se arrepintieron y fueron bautizados. Era más fácil para ellos arrepentirse, porque sus pecados eran obvios, incluso para ellos mismos.

Jesús había dicho esta parábola en el templo de Jerusalén pocos días antes de que lo arrestaran y lo crucificaran.

Por tres años había estado predicando a la gente, invitándola a arrepentirse y creer en la Buena Noticia. Pero él ha descubierto que, de hecho, quienes respondieron a su invitación fueron los pecadores públicos, como los recaudadores de impuestos y las prostitutas. Ellos no tienen palabras bonitas con Dios, sino buenas obras.

 ¿Y a quiénes representa el segundo hijo, que dijo que iba, pero después no fue?

El segundo hijo representa a quienes se dirige Jesús en esta conversación. Éstos son los sumos sacerdotes, los ancianos del pueblo, los escribas, los conocedores de las Escrituras, los exploradores de todas las minucias de la Ley. Es decir, los líderes religiosos judíos.

Sus vidas aparentemente eran un ‘sí’. Pero, de hecho considerándose ya santos, encuentran más difícil reconocerse pecadores y arrepentirse.

Ellos, aun después de ver el origen divino del mensaje de Jesús, se oponían a Él antes que creer en Él. Ellos habían escuchado a Juan el Bautista. Conocían que su mensaje venía de Dios, pero no lo querían admitir. Y Jesús les dijo:

Aún después de ver esto, ustedes no se arrepienten ni le creen”.

Y así, rechazaron a Juan y su llamado. Y también rechazaron a Jesús. Sus mentes y sus corazones no cambiaron y sus corazones no se transformaron ante el mensaje de Jesús.

Jesús fue para ellos una decepción, no era su Mesías. Y eligieron el ‘no’ definitivo.

Este grupo tiene palabras bonitas, pero sin correspondencia con las obras.

Ello nos recuerda las palabras que Jesús dijo un poco antes:

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos: sino el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (7:21).

 ¿Quiénes representan hoy al hijo que dijo “No”, pero después fue?

Son aquellas personas que quizá no profesan ninguna fe, no van a la iglesia, no rezan. Pero a veces, cuando hay una injusticia, ellos serán los primeros en protestar y condenarla; si hay gente en la calle pasando frío, ellos serán los primeros en llevarles una cobija; si hay hambre o un terremoto, ellos se privarán al menos de un paquete de cigarrillos para ayudar a las víctimas.

Tales personas no dicen palabras bonitas a Dios ni las usan hablando de Él, pero están realmente haciendo lo que Dios nos ha mandado hacer.

También estarían un alcohólico arrepentido, los feligreses bien instalados que son invitados por un sacerdote a un verdadero arrepentimiento y a una efectiva solidaridad con el prójimo necesitado, uno que tras algunas dudas decide dar el diezmo, una joven y un joven que se ponen de acuerdo en no tener relaciones sexuales hasta el matrimonio, y todos aquellos que, aunque sea renuente o dolorosamente, obedecen a Cristo.

En todos estos casos, quizá nuestra primera reacción es decir “no” al evangelio de Jesús. ¿Por qué? Porque es duro cargar con la cruz, es duro amar a los enemigos, es duro perdonar siempre, es duro orar por los que nos persiguen, es duro hacer siempre el bien…

El mundo de la violencia, de los niños hambrientos, de la droga hace que de golpe digamos ‘no’ a ayudarles. Pero el privilegio del pecador es poder cambiar y decir ‘sí’.

¿Quiénes representan hoy al hijo que dijo ‘sí’, pero después no cumplió?

En esta segunda categoría podríamos estar nosotros, que tenemos palabras bonitas, que venimos a la iglesia todos los domingos, que decimos “Amén, sí creo”, que llevamos medallas y contraseñas religiosas, como formas de profesar públicamente nuestra fe.

Pero a veces, cuando se trata de hacer algo concreto en ayuda de lo que sabemos realmente que es la voluntad de Dios, fallamos.

Ahí también estaría la persona que rechaza que Cristo entre hasta lo más profundo de su corazón, el cristiano o cristiana que rehúsa obedecer a Cristo en las áreas sensibles de sexo, dinero y poder, una iglesia que ignora asuntos de justicia y misericordia, una escuela católica que descuida enseñar a los niños y niñas las grandes historias bíblicas. Si seguimos así, escucharemos que otros entran en el reino de Dios antes que nosotros.

 ¿Cuál sería la respuesta ideal del buen hijo?

Ciertamente la parábola de hoy es la parábola de dos hijos imperfectos. Haríamos bien en no imitar a ninguno de los dos hijos.

Pero, ¿cuál es el hijo ideal? Es una respuesta difícil de dar para un papá o una mamá. Entran muchos elementos, que sólo ellos conocen.

Pero podemos decir quizá que el hijo y la hija ideal son los que dicen ‘sí’ desde el primer momento y con alegría de sus padres, y lo ponen en práctica.

Dios dice “sí” a sus hijos, a todos. Jesús es el hombre del “sí”.

Son los hombres y mujeres, que profesan la fe en palabras y obras.

 

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