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Padre Giorgio PeroniComentario al Evangelio que se proclama el 2° Domingo de Cuaresma, ciclo A, correspondiente al domingo 12 de marzo de 2017.  la lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 17,1-9

Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan.

Los discípulos no son solo oyentes, sino parte del proyecto de Jesús: la llamada a la fe no es para aprender nociones sino para sentirnos parte de la obra salvadora del Maestro. Pedro, Santiago y Juan, personas con nombres, con historia y con voluntad; la llamada es siempre concreta.

Los hizo subir a solas con él a un monte elevado.

Es Jesús que toma la iniciativa. La fe no nos conduce a pedir que Dios haga lo que nosotros queremos, sino a que nosotros nos convirtamos a él. Toda experiencia de fe es mediada por el grupo, por la Iglesia, pero termina siendo una realidad intensa y personal que nos hace sentir en lo profundo de una relación "a solas". El monte llama al Sinaí al monte del Señor, a un acontecimiento decisivo, a una revelación extraordinaria que marcará la vida personal y la historia del pueblo.

Ahí se transfiguró en su presencia.

El cuerpo, la encarnación del hijo de Dios, no es barrera para revelar, sino "sacramento revelador": dios se revela en Cristo. Su rostro y sus vestiduras son instrumentos que introducen a la comprensión de quien se revela.

Aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

La ley y los profetas, el Antiguo Testamento dicen relación a Cristo, la última palabra que revela al Padre: el camino de Dios con su pueblo ha llegado al punto culminante en Cristo.

Haremos aquí tres chozas.

Las chozas recuerdan la fiesta de las tiendas, memoria de la experiencia en el Sinaí al recibir la ley. Pero aquí no hay una nueva ley, sino una revelación más profunda porque es la meta a la que conduce la ley.

Una nube luminosa los cubrió.

Es el símbolo de la presencia de Dios: Dios está allí. Regala las diez palabras en el Sinaí y ahora algo mucho más grande.

Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo.

La revelación de Jesús como hijo de Dios recuerda el bautismo y lo enlaza a la profesión de fe. Revelar y acoger son los dos momentos del ser discípulo: la revelación manifiesta la realidad de Dios y la fe lo hace propio dejándose meter adentro.

Los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor.

El relato tiene un valor altamente teológico, fruto de una profunda experiencia mística; la divinidad y la humanidad se encuentran y el fruto es esta distancia que crea temor.

Levántense y no teman.

Es el vivir cotidiano de la acción del Señor, el que acompaña sacando del temor y manifestándose "compañero" en la vida.

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