Padre Héctor HerreraComentario al Evangelio que se proclama el 28° Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, correspondiente al domingo 15 de octubre de 2017.  La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 22,1-14

Invitados al banquete

Cuando se celebra una boda, todos se preparan para la fiesta, la comida. Todos quieren compartir la alegría de la nueva vida de la pareja. Otros se excusan y rechazan la invitación, porque "no tienen tiempo que perder". Dios también nos prepara un banquete "con manjares suculentos y buenos vinos" (Is. 25,6) porque quiere celebrar la boda de su hijo. Esta es la buena noticia que nos da el evangelista Mt. 22,1-14

La comunidad de Mateo se pregunta como nosotros, ¿Qué significa el reinado de Dios? Y nos presenta esta parábola de Jesús. El rey es Dios que celebra las bodas de su hijo (v. 2). El sale a nuestro encuentro, nos invita a participar con alegría, de la fiesta de la vida y de la libertad.

Los enviados son los profetas, primero al pueblo de Israel, pero los dirigentes rechazan esta invitación por sus intereses. Están tan ocupados en sus campos y negocios. No los escuchan, los maltratan y asesinan. Los segundos invitados son todos los pueblos "Salieron a los caminos y reunieron a cuántos encontraron en los caminos, malos y buenos" (v. 10)

Dios nos invita a la libertad y la plenitud de la vida, seca nuestras lágrimas y aleja la humillación del pueblo (Is. 25,8).Esta invitación se dirige a todos los pobres y excluidos. "Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación".(Is. 25,9).

El Rey es Dios, está presente en nuestra vida e historia, a veces no lo escuchamos, desoímos su Palabra. Cuando participamos de la fiesta, de la alegría de vivir y dar la vida por los demás, reconocemos y nos alegramos de esta boda que Dios ha sellado definitivamente en su Hijo Jesús. Él es el enviado de Dios que instaura el reino de vida y de libertad. Con su muerte ha roto las cadenas de la opresión y con su resurrección ha triunfado sobre el dolor y la muerte, sobre la injusticia y la falta del respeto por la vida. Dios es el anfitrión de su propia mesa, nosotros los invitados a recrear y proteger la creación, obra de sus manos, a amar y defender la vida, a buscar la justicia y la solidaridad, a defender el derecho y el respeto por todo ser viviente, a crear la cultura del encuentro.

Dios nos ama y ve en lo profundo del corazón del ser humano. El pasaje del que había entrado sin el traje de fiesta (vv. 11-13), quien es echado y arrojado fuera, significa el que se opone a la Buena Noticia del reino. ¿Escuchamos la invitación de Dios a cambiar nuestra vida? ¿Somos creadores de fe, vida, esperanza y caridad en nuestras familias? "Porque son muchos los invitados, pero pocos los elegidos" (v.14). Todos estamos invitados a sanar el corazón de la sociedad, a superar la perversidad de la falta de protección de la vida, a liberarnos de los prejuicios y de la discriminación, a crear un sistema económico más humano y justo que no sólo proteja los intereses de la banca, sino ser sensibles a una economía solidaria, a secar las lágrimas por tanto luto y duelo de la sangre derramada de inocentes. Y tener la alegría de Jesús que la vida triunfa sobre la muerte y el egoísmo, que la libertad es un camino que se hace para llegar a realizarnos como personas. Y que ésta pasa por la construcción de una sociedad más democrática, que escucha la voz de los pobres, que protege y cuida la ecología y que crea fuentes de trabajo y de educación para mejorar la calidad de vida y ser partícipes de esas bodas que Dios sella con la humanidad. (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

 

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