Padre Héctor HerreraComentario al Evangelio que se proclama el 32° Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, correspondiente al domingo 12 de noviembre de 2017.  La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 25, 1-13.

Con la esperanza encendida

"Yo tuve un sueño. Soñé que un día en las rojas colinas de Grecia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de sus amos se sentaban juntos en mesa de hermandad. Soñé que un día mis cuatro hijos negros no eran juzgados por el color negro de su piel, sino por el contenido de su responsabilidad. Hoy he tenido un sueño. He soñado que un día los valles serán rellenados, las montañas serán aplanadas, los caminos tortuosos serán enderezados y la gloria del Señor se revelará y todos la contemplaremos juntos. Esta es nuestra esperanza". Estas sabias palabras son de Martín Luther King, en su libro LA FUERZA DE AMAR.

De esta esperanza encendida nos habla Mt 25,1-13. Los primeros cristianos comienzan a preguntarse ¿Cómo mantener la esperanza y la fe encendida mientras esperamos a Jesús? Mateo, nos propone la parábola de las diez muchachas que esperaban al novio con las lámparas encendidas. Cinco eran prudentes, previsoras y las otras cinco necias. Sucede que mientras esperaban al novio se durmieron. El novio es Jesús y nosotros tenemos que preparar la venida del reino, con vigilancia y esperanza.

El mundo de hoy vive más del miedo que de la esperanza. Ha convertido al dinero en su dios y por eso vigila y protege a los bancos y se olvida de humanizar la economía al servicio de todos. En diciembre de 2016, se superaron 7,400 millones de habitantes en la tierra, pero más de mil millones de seres humanos padecen hambre. Vivimos en un mundo previsor de intereses materiales, para salvaguardar a unos "pocos", pero se olvida del justo reparto equitativo de los bienes de la tierra, y por tanto de Dios.

¿Qué significa entonces prepararnos para esperar y construir el reino de Dios? Los discípulos de Jesús comprenden que hay que tener la esperanza y la fe encendida. Preparar el reino de Dios es vivir la esperanza de incluir a todas las personas en ese proyecto de amor, de justicia, de paz, de libertad, donde todos nos sentemos a la mesa para compartir el pan con el esfuerzo de todos. Donde las cadenas de la discriminación se eliminen para dar paso a la alegría de ser reconocidos como personas, hijos, as, de un mismo Padre Dios. La prudencia nos lleva a entregarnos con alegría a ser dadores de vida, cuando en el hogar se dialoga, se va adquiriendo la sabiduría de Dios, porque lo reconocemos como el autor del amor y de la vida (cf. Sab 6,12-16). Las doncellas prudentes entraron con alegría a la fiesta del novio porque habían previsto el aceite para sus lámparas (v.10). Los creyentes tenemos que encender la fe en la aplicación de la Palabra de Dios en todas nuestras actitudes y actividades. Vencer el miedo y la inseguridad, defendiendo y proclamando la vida, como don de Dios.

Las doncellas que no previeron el aceite para las lámparas, llegaron tarde y cuando tocaron la puerta: "Señor, ábrenos. El respondió: Les aseguro que no las conozco" (v. 11-12). También en la comunidad cristiana cuando carecemos de entrega, no podemos descubrir ni discernir la urgencia del mensaje de Jesús. El miedo produce egoísmo, desesperanza, improvisación. La esperanza nos anima a creer que la fuerza del amor cambia las cosas y las maneras de pensar y de sentir. Perseverar en el bien, aun cuando te traten mal, es signo que el reino de Dios ha llegado. Constancia, fe, perseverancia, vida de oración, acción por cambiar el corazón de las personas y de la sociedad son signos del amor de Dios. (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

social_buttons

Enviar un comentario nuevo

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.