Padre Héctor HerreraComentario al Evangelio que se proclama el tercer domingo de Cuaresma, ciclo A, correspondiente al domingo 19 de marzo de 2017.  La lectura es tomada del Evangelio según San Juan, 4,5-42.

¡Dame el agua viva!

¡Imagínate caminar por el desierto! Jn 4,5-42 nos narra: Jesús, cansado llega a Sicar en Samaria. Se sienta en el pozo y se acerca una mujer samaritana. Rompe los prejuicios del distanciamiento entre judíos y samaritanos. Dialoga con la mujer y le pide de beber. La mujer le dice ¿Cómo tú siendo judío me pides de beber? "Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva! (v, 9-10). Es un Dios tan humano y cercano que está con nosotros, para cuestionar nuestra vida, como lo hizo con la samaritana. Él nos descubre que el agua no está en la roca, en el manantial del desierto, en los nevados. Él es el agua viva.

Todos, como la samaritana, tenemos que descubrir el agua que no se agota, Jesús el agua viva, que aplaca la sed de amor, verdad y de justicia. Cuando los seres humanos de hoy, comprendamos cuán importante es conocer el don de Dios, para cuidar la creación, para trabajar con constancia, en defensa del agua de la Amazonía como un recurso natural de incalculable valor, para que no se siga contaminando el medioambiente, por la estrechez de visión de quienes rompen el equilibrio ecológico sin pensar en el bien común de la humanidad y de los pueblos originarios. Jesús nos abre los ojos del corazón y de la inteligencia para saber escuchar y caminar de nuevo como la samaritana. Él le dice: ¡Anda, llama a tu marido y vuelve! No tengo marido, le responde (vv.16-17). Esto significa que los samaritanos habían roto la alianza con Dios Porque los asirios les habían impuesto sus dioses, los ídolos a quienes rendían culto (2 Re 17,24-41). Pretendían dar culto al Dios de los judíos, pero en realidad habían roto con él (Os 8,1-3). Jesús alaba su sinceridad. Y ella lo reconoce como profeta.

Hoy como discípulos y misioneros tenemos que descubrirlo en nuestra vida. La conversión de la mujer, como la nuestra va profundizándose. Dios no está en un lugar ni en Garizín, ni en Jerusalén. Dios, no es el Dios del Templo o del monte. Es el Dios vivo que acompaña y da el agua viva a su pueblo para que nunca más tenga sed. Jesús corre el velo, que muchas veces no nos permite descubrir al Dios vivo, a un Padre, que nos ama: "Ha llegado la hora y estamos en ella: "adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Jn 4,23-24)

En nuestro itinerario de la fe, vamos aprendiendo y descubriendo como la samaritana. Jesús nos dice: "Soy yo el Mesías, el que habla contigo" (v.26). La mujer se convierte en misionera, "vengan a ver a este hombre... ¿será el Mesías? También tú, yo, nosotros tenemos en nuestras manos la misión y la tarea de conocerlo y hacerlo conocer. Los discípulos le piden que coma. Y nos responde: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra" (v.35).

En nuestras manos está continuar la obra de Jesús para que sembremos los valores del Espíritu: la fidelidad y entrega, la generosidad y la solidaridad, la búsqueda de Dios re-encontrándonos con nosotros mismos. La fe nace, crece, se desarrolla y realiza en el camino de la vida y de la historia concreta que nos toca vivir. El camino de la libertad cuesta y a veces murmuramos y tentamos a Dios, como el pueblo de Israel, que no quería en el fondo luchar por su libertad, seguía aferrado al pasado. Se le da el agua de la fuente Meribá (riña) y Massá (tentación). Busquemos a Jesús el agua viva para tener la sed del amor y la verdad para proteger y cuidar la ecología humana que nos haga más cercanos y fraternos. (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

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