Padre Giorgio PeroniComentario al Evangelio que se proclama en el 2º Domingo del tiempo ordinario, Ciclo A, correspondiente al domingo 15 de enero 2017.  La lectura es tomada del Evangelio según San Juan 1, 29-34.

En aquel tiempo.

Es siempre el tiempo de la llegada; la espera llegó a su realización. Hace falta tiempo para reconocer al que se ha encontrado.

Vio Juan el Bautista a Jesús.

No se trata tan solo de un encuentro, vio, conoció y re-conoció. A Cristo se lo reconoce en la historia. Búsqueda y encuentro se unen. Es un ver que penetra en la misión del Enviado. Así uno se vuelve misionero, con la alegría del encuentro y con el reconocimiento.

Que venía hacia él.

Siempre es Él quien toma la iniciativa y viene al encuentro; lo nuestro es acoger y responder.

Éste.

Es una presentación. Lo vio, lo reconoció y lo presentó: Juan se vuelve testigo.

Es el Cordero de Dios.

Es interesante saber que el mismo nombre indica niño, siervo y cordero. El referente es al Hijo, al Siervo sufriente y al Cordero pascual, camino de salvación y puerta de liberación.

Que quita el pecado del mundo.

El gran drama de la historia es el pecado, el que rompe la propia identidad de hijo de Dios, la relación con el mismo Dios que deja de ser padre, y el camino de justicia que es la construcción de la fraternidad. Viene para re-construir, re-crear, re-hacer el corazón.

El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque existía antes que yo.

Hay siempre una distancia entre la Palabra y la voz. Cuando la Palabra llega al corazón, la voz termina su misión.

He venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel.

En el momento de su bautizo, de su encarnación en la realidad humana de pecado que se lava en el agua, lo re-conoce y lo anuncia. El Israel que se sumerge en el agua de la purificación, siente la presencia del Dios que opta por su liberación.

Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él.

Allá, en el momento de la creación, el espíritu dio la vida al muñeco de barro, aquí, en la fraternidad solidaria con los hombres, el Espíritu inicia una nueva creación. Su identidad de Hijo se realiza y se manifiesta en la construcción de la fraternidad. En una historia de pecado viene sembrada la semilla de la fraternidad.

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