Padre Giorgio PeroniComentario al Evangelio que se proclama el 28° Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, correspondiente al domingo 15 de octubre de 2017. La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 22, 1-14

Volvió Jesús a hablar en parábolas.

No son tan solo ejemplos; es mirar a la vida y sentirse parte de ella. Es así como el oyente es invitado a entrar en diálogo y a dar respuestas.

A los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo.

Serán los que determinarán la muerte de Jesús; pero, para Él todos son llamados a escucharle, a reconocerle y a dejarse convertir, y, esto, hasta el último momento.

El Reino de los Cielos es semejante a...

El Reino no se le puede definir, pero, mirando a la vida se encuentran signos pequeños que nos lo revelan y nos indican el camino que hay que recorrer.

Un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo.

Es fiesta, o sea plenitud de vida. Es ser parte de la vida del rey porque al banquete solo acceden los amigos, los familiares y los que se quiere que sean parte de la casa.

Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.

La iniciativa es siempre de Dios: él prepara, él invita. La historia es siempre una historia de incomprensión; el no responder es de todos los días, es de ayer y de hoy. ¿Será que Dios sigue siendo el que compite con el hombre, el que le quita la libertad?

La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos.

La respuesta marca una decisión para con Dios o contra Dios: no es posible ser indiferentes, porque la indiferencia misma es rechazo.

Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren.

El mundo, la historia, la creación, todo es parte del Reino; ¿porqué excluir a alguien?

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos.

Los cristianos, la Iglesia, somos enviados para invitar, para acompañar, para que sean familia.

Cuando el rey entró a saludar a los convidados vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta.

Aquí es donde vemos la necesidad de una respuesta que tome en serio lo de Dios y que el compromiso haga cambiar la propia vida. El Reino, la casa y la familia exigen un compromiso serio, un hábito de virtudes que permita ver manos tendidas, miradas limpias, caminos de reconciliación, de justicia y de paz. Nada de mediocridad, porque el mediocre es el que juega y no se decide.

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