padre Héctor HerreraComentario al Evangelio que se proclama el 23 Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, correspondiente al domingo 10 de septiembre de 2017.  La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 18, 15-20

El amor nos libera

El evangelista Mt. 18,15-20, nos presenta la corrección fraterna. "Si tu hermano te ofende, ve y corrígelo, tú y él a solas (v. 15, Lev 19,17-18). Si no te hace caso, hazte acompañar de uno o dos, para que el asunto se resuelva por dos o tres testigos" (v. 16, Dt 19,15; 1 Cor 5,5 ss). Es la comunidad cristiana la que tiene que ayudarnos a madurar. Todos somos pecadores y necesitados de un cambio de vida y de actitudes. Descubrimos la misericordia de Dios, cuando la comunidad cristiana nos ayuda a descubrirla.

Jesús siempre tuvo delicadeza y tacto para corregirnos, porque conoce lo profundo de nuestro corazón. Rompemos la fraternidad en el mal trato a las personas, la indiferencia e incomprensión familiar, la falta de responsabilidad en el trabajo, la falta del respeto a las leyes cuando les conviene a los grupos de poder. Cada creyente tiene que ser el vigía de su hermano. Porque hay actitudes de muerte y de vida. Dios ama la vida, quiere la vida de todos, porque justicia y vida nos conducen a la felicidad, nos recuerda Ez 33,7-9.

"Los hombres desprecian de tal modo la medicina del perdón, que no sólo no perdonan cuando se les ofende, sino que tampoco quieren pedirlo cuando ellos pecan. Penetró la tentación y se apoderó la ira de ellos" (San Agustín).

Pedir perdón y corregirse nace del amor a sí mismo y a los demás para ser libre, madurar, apreciar y reconocer los dones que Dios ha puesto en cada ser humano. Una comunidad cristiana, crece, cuando todos sus miembros están preocupados por la madurez y crecimiento de los demás, en defensa de la vida, la ecología, la defensa de los derechos humanos y la atención al pobre.

La comunidad tiene el poder de "atar" (v. 18), cuando hay signos de reconciliación, de sanación de heridas y de reparación por la vida y dignidad humana. "Quien ama no hace mal a su prójimo, por eso el amor es el cumplimiento pleno de la ley" (Rom 13,10). Atamos, cuando procuramos que el otro crezca en todo su desarrollo integral como persona, cuando lo amamos y procuramos el bien. El Evangelio es vida, verdad, paz, justicia, reconciliación, solidaridad que nace de la comprensión y de la ternura de un Dios amigo y cercano. Celebrar la eucaristía es vivir en serio la solidaridad y fraternidad y no mirar al otro con indiferencia. Muy bien decía San Cipriano: "Cuando los ricos no llevan a la misa lo que los pobres necesitan, no celebran el Sacrifico del Señor"
Una comunidad cristiana se caracteriza por su espíritu de oración: "Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos" (v.20). Jesús está con nosotros, cuando sabemos agradecer esta bondad y generosidad de Dios, en cada ser humano, en especial los humildes y los excluidos. ¡Cuánta fe y ejemplo de vida nos ofrecen los pobres: Mamá Angélica, la mujer ayacuchana que luchó en la búsqueda de los desaparecidos, que alimentó y cuidó de tantos huérfanos, víctimas de la violencia. Ejemplo de fe en defensa de la vida de los secuestrados y desaparecidos. Una comunidad entra en comunión con Jesús con la lectura orante de la Palabra, hecha comunión en la celebración eucarística y en la solidaridad compartida con los pobres. Henri De Lubac decía: "Si yo falto al amor o falto a la justicia, me aparto infaliblemente de ti, Dios mío y mi culto no es más que idolatría. Para creer en ti, tengo que creer en el amor y en la justicia; vale mil veces más creer en estas cosas que pronunciar tu nombre. Fuera de ellas es imposible que te encuentre; y quienes las toman por guía están en el camino que lleva hasta tí" (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

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